El
trajín de los chiquillos se percibe a través de la medianería exenta de
cámaras que amortigüen el rumor de sus voces y carreras. Pugnan los pequeños
por asimilar la confusión de una mañana de Reyes ceñida de papeles
estampados, bulliciosa victoria sobre el tedio y subversión de la costumbre
de alcanzar el baño y la cocina en silencio, sin más acicate que un
apresuramiento dirigido a golpes de imperativo, esa letanía sin concesiones
inseparable del color gris de los días comunes.
Él se
ha sentado a la mesa, sin saludos, quién sabe si arrepentido.
¿Has
abierto mis regalos? ¿Te gustan? Dime.
Amalia gira el mando hasta estrangular totalmente el paso del
gas y retira la
cafetera. Sus
abuelas, recuerda, solían rezar un avemaría, y la infusión alcanzaba su
punto idóneo de reposo con la palabra amén.
—Así
sea. Ruega por nosotros.
Se le ha escapado la fórmula votiva arropada con un suspiro
largo.
Alcanza dos tazones del estante cimero del armario y saca del cajón las
cucharillas y un cuchillo de punta roma. Dispone la vajilla con mimo,
atusando con las manos las apenas perceptibles irregularidades que atentan
contra el lustre del mantel.
¿No
me escuchas, Amalia? ¿Te han gustado los regalos? Habla, mujer, que parece
que hayas perdido todas las ilusiones.
Sí,
me gustan mucho. Son bonitos.
Hace frío en la
casa. Un
frío húmedo que emana de las paredes y taladra los huesos. Aún no son las
diez, es día festivo y no hay portero, así que tampoco hay calefacción, un
tributo al ahorro de los gastos de la comunidad, y los hijos de los vecinos
parecen dispuestos a tirar abajo los tabiques. Tal vez los Magos de Oriente
les han traído en las alforjas de sus camellos una variedad de herramienta
suficiente para la demolición del edificio: mazos, piquetas y cinceles.
Y,
si tanto te han gustado, ¿por qué no llevas puesta la bata nueva? Es de tu
talla, ¿verdad? Siempre me confundo entre la treinta y ocho y la cuarenta
—dibuja los números sobre el hule, con la uña de su índice—. ¿Acerté?
Amalia hace un esfuerzo por ubicar la
bata. Sin
duda estará allí, donde ella la dejó, sobre el reposapiés tapizado con
cretona estampada a juego con los sofás, al lado de la desmejorada imitación
china de un abeto del que penden algunas bolas y lazos dorados.
No
me he puesto la bata porque no me gustaría mancharla el primer día, pero me
la he probado y me queda muy bien. Es la cuarenta. Ésa es mi talla.
Amalia miente. Cierto es que lo intentó, mas no pudo completar
el movimiento y tuvo que reprimir un grito. El brazo izquierdo le duele, le
duele muchísimo, y cuando lo forzó para enhebrarlo en la manga de la prenda
se quedó sin respiración y sus ojos se anegaron. Lágrimas por el dolor.
También por el otro dolor, por la vergüenza que siente ante su propia
cobardía y por saber que ayer se acostó vestida, con su bata de siempre
encima del pijama, y que él, ya de madrugada, se deslizó bajo las mantas
buscando su calor. Sin preguntas y sin disculpas.
La
tarrina de mantequilla está prácticamente vacía. Amalia no logra discernir
si ayer compró otra o si se limitó a añadir una línea más a la lista sujeta
con imanes sobre la puerta del frigorífico. Además del brazo, también le
duele la
cabeza. En
un rincón de la encimera hay dos bolsas de plástico. Quizá ahí esté la
mantequilla, o quizá no. Tal vez debería comprobarlo, escrutar el contenido
de las bolsas serigrafiadas, compararlo con su lista y tachar las partidas
que ya no son necesarias. Anotar lo pendiente y borrar lo innecesario.
Empezando por la letra a, y después la be, así hasta llegar a la zeta y,
entonces, regresar al principio con la satisfacción del deber cumplido, con
una lista plagada de tachaduras y apenas tres o cuatro asuntos pendientes:
respirar, romper todos los espejos de la casa, vivir.
¿Y
la plancha? Dime, ¿qué te ha parecido la plancha?
Pues,
¿qué me va a parecer? También es muy bonita. Gracias por todo.
Amalia llena con café los dos tazones, hasta la mitad más o
menos, y, luego, añade leche fría y azúcar. Dos terrones para él. Uno para
ella.
Ésa
no es la respuesta que yo esperaba, Amalia. Seguro que ni has hojeado la
documentación —enarca las cejas y enlaza las manos delante de su cara,
ensayando un mohín que pretende ser un gesto de simpatía—. Anda, tráela y la
repasamos los dos juntos. Pero antes, explícame por qué no hay roscón.
Él pregunta por el roscón. ¿Acaso no ve que sobre el mantel hay
una caja de galletas surtidas? La misma caja que empezaron a consumir hace
cinco días. La caja que lleva ahí, sobre la mesa auxiliar, más de cien
horas. Una caja de galletas no es un roscón, y puede quedarse años
contemplándola con esa mirada que pretende ser irónica mas no pasa de
estúpida, porque jamás la caja será un roscón, no hay transmutación ni
milagro que convierta el metal en un bollo adornado con frutas escarchadas y
azúcar. ¡Y aún se atreve a preguntar por el roscón! Como si no supiera lo
que pasó ayer o como si ya lo hubiese sepultado bajo una gruesa capa de
arena. Santo entierro. Pero Amalia sabe que él no olvida las cosas, no; lo
almacena todo en su cabeza, en desorden quizá, una mezcla de temores y
recelos cocinándose a fuego lento, acumulando gases y vapores, siempre a
punto de explotar. Conoce bien el proceso y sufre las consecuencias. ¿Quién
olvidó el roscón? ¿Quién levantó la mano? ¿Para quién el dolor?
El
folleto de instrucciones presenta a los consumidores las características y
cualidades del electrodoméstico en cinco o seis idiomas. Es un librito no
muy voluminoso, grapado a caballete, con algunos dibujos al principio y un
croquis de despiece que remite a una lista numerada de componentes. El
dieciséis: recubrimiento exterior de fluoropolímero. Amalia nunca ha oído
esa palabra. Él la repite varias veces, cambiando de lugar el acento:
—Fluoropolímeros, fluoropolimeros, fluoropolimerós.
Se le
enredan las sílabas en la lengua, como a los niños cuando están empezando a
leer y, de repente, descubren una combinación de letras distinta a las que
ya han memorizado.
—Foluropolímeros,
folipolímeros, polimerofolios.
Amalia pregunta si le apetece más café. Él niega con la cabeza, sin apartar
los ojos del librito.
—Recoge esto, Amalia. ¡Mira que no comprar el roscón! Son ganas
de fastidiar, mujer. Ni el día de Reyes podemos comportarnos como todo el
mundo. ¡A la mierda las galletitas! —golpea con su puño el envase metálico,
hundiéndole la tapa—. ¡A la mierda los daneses y sus mantequillas rancias!
El
fregadero está atascado. Algunos restos de comida taponan la rejilla del
desagüe. Serán los restos de su cena, la de él, porque Amalia, anoche, no
probó bocado. Junto a la pila hay una cacerola azul con un resto de judías
con patatas, ajos y tomate. El aspecto de la verdura ya no resulta
apetitoso. Se le olvidó guardar la cacerola en el frigorífico. Tampoco se
acordó de comprar mantequilla, ¿o sí lo hizo? Está segura de haberlo anotado
en la lista de la compra. ¿Debajo del roscón? No; en todo caso, encima,
porque la eme viene antes de la
erre. Sonríe,
e instintivamente se protege los labios con la mano. Este gesto le recuerda
que hubo otros olvidos, que anoche no grito ¡Basta!, a pesar de sus planes,
a pesar de la determinación de acabar ya, de enfrentarse a él y detener esta
locura. Tuvo miedo de que la válvula se abriese aún con más violencia y
recurrió, como en tantas ocasiones, al ejercicio de la pasividad, humillando
la cabeza y mordiéndose los labios. Rogó que las palabras fuesen todo el
castigo, pero, y lo adivinó antes de que llegaran los golpes, la secuencia
encadenó los mismos planos de siempre. Ella es como esa lata de galletas que
acaba de guardar en el armario alto. Cada vez se siente más vacía y los
golpes la han deformado tanto que ahora es imposible encajar la tapa, y lo
de dentro, el contenido, se ha vuelto rancio al contacto con el aire.
Respirar, romper los espejos, vivir.
—Deja eso ahora y siéntate a mi lado, mujer. Ven y te explico
cómo funciona este cacharro.
Amalia obedece y retorna a la mesa secándose las manos en los
costados de la bata.
«La plancha proporciona a la ama de casa una alta resistencia al
rayado». El fabricante parece orgulloso de su producto «vanguardista, hecho
para satisfacer las demandantes expectativas de la mujer actual».
—Me ha costado muy cara, no te creas, pero seguro que merece la
pena.
Él improvisa un conato de caricia, pero su mano se detiene antes
de rozar la mejilla de Amalia.
—Dice
aquí que incluso se pueden planchar prendas que lleven botones metálicos,
¿eh? Ya no tenemos excusa para dejar de lucir el uniforme, Amalia. Las rayas
impecables, en las mangas y en las perneras. ¿Qué te parece?
Amalia atiende a las explicaciones de su marido. La plancha, al
parecer, le proporcionará una alta resistencia al rayado y colmará
sus expectativas. Todo esto, por supuesto, sólo ocurrirá en el caso de que
ella se considere una mujer actual, una mujer capaz de exponer sus demandas
y, aún más lejos, de buscar los medios para satisfacerlas. Podría hacer otra
lista y colocarla junto a la de la compra, en la puerta del frigorífico, y
relacionar sus peticiones, empezando por la erre de respirar, aunque esto no
sea una demanda sino una necesidad vital, el colofón de un avemaría ajustado
a su insoportable realidad.
De algún rincón de su memoria más antigua surge como una
iluminación el diagrama de la escala de dureza de los minerales, La
escala de Mohs. Del talco al diamante, diez categorías estratificadas de
menor a mayor. Del más débil al más fuerte. El cuarzo es capaz de rayar al
vidrio común, y un diamante sólo puede ser rayado por otro diamante. ¿A qué
altura de la escala se encuentra ella? ¿Cuál puede ser su índice de dureza?
¿De qué están hechos los fluoropolímeros?
Él se ha levantado y se dirige al cuarto de baño. Silba y
aprieta en el puño el folleto de instrucciones. Sobre la mesa, la plancha
fuera de su caja, y los protectores de corcho blanco, y el cable y el resto
de accesorios aún en sus bolsas.
Hace frío.
Cuando se despertó, él ya se había marchado. Fue al intentar levantarse
cuando sintió la punzada en el brazo, unos centímetros por encima del codo.
También le dolía la
cabeza. Se
palpó la cara con las dos manos, despacio, desde la frente al mentón,
intentando detectar alguna irregularidad.
El
peor de los golpes siempre es el primero, porque les abre la puerta a los
demás. Una gota, y después el aguacero. Y con los golpes, las palabras
malas, hilvanadas en retahílas que a fuerza de repetirse pierden cualquier
significado. Aún así, duele su volumen. (El aguacero.) La tapadera ya no
encaja en su sitio. (El aguacero.) Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
(La calma.) Un portazo y unos pasos apresurados descendiendo hacia la calle.
Con
gran esfuerzo, pero aún sin llorar, logró ponerse en pie. Aunque se arregló
un poco la ropa y el cabello, el espejo oval de la cómoda insistía en
devolverle una imagen no por conocida admisible, tan frecuente ahora como
inusitada antes. Ofreció sus perfiles, y el espejo le devolvió las réplicas
correspondientes. Vivir de costado es como vivir de rodillas, un mal
simulacro, la opción de los mansos, los bienaventurados mansos que jamás
heredarán reino alguno.
Poco
a poco se fue inclinando hasta apoyar la frente contra el vidrio, hasta
fundirse con la
imagen. Notó
la humedad entre las piernas, el tufo de los orines liberados
inconscientemente. Entonces, se desmoronó.
Entonces, el llanto.
En el
bolsillo de la bata, de su bata de siempre, Amalia guarda un paquetito.
Contiene unos gemelos de plata con las iniciales NYFD grabadas sobre la
silueta de un perro.
Keep back 200 feet.
No
siempre es posible mantener la distancia de seguridad. Sabe que a él le
encantan estos detalles. Era su oficio. A miles de kilómetros de Manhattan,
pero era su oficio, y también su pasión. Tuvo que jubilarse después del
accidente, pero desde que recuperó la movilidad es raro el día en que no se
acerca a saludar a los antiguos compañeros. Aún forman una piña y se nota lo
mucho que aprecian al sargento, su alias en el cuartel. El recuerdo de sus
años en activo, de su capacidad innata para trabajar en equipo, de su
valentía mesurada y responsable, justo hasta el límite que separa la
temeridad de la
experiencia. Todos
saben que él jamás volverá a vestir el uniforme, pero continuamente
fantasean con su regreso y se maravillan de su buen aspecto, apenas,
aseguran, se le nota la cojera. ¡Quién sabe! Quizá algunos meses más de
rehabilitación y el sargento volverá a ocupar su puesto. Incluso, le dicen,
han aplazado la liguilla de frontón, Porque el juego no sería lo mismo sin
tu concurso.
La pensión de invalidez que recibe del estado les permite vivir
sin demasiados agobios. Además, Amalia aporta el dinero que le pagan por las
traducciones. Es un trabajo esporádico, a través de una antigua compañera de
la facultad, una labor correosa a veces, mal pagada siempre, porque ella se
esfuerza no sólo en traducir sino también en darle sentido a las frases, y
eso no figura en la
tarifa. Un
tanto por palabra, un poco más si el documento incluye vocabulario técnico.
Amalia nunca habría traducido: «la plancha proporciona a la ama de casa una
alta resistencia al rayado». Con semejante redacción, la frase resulta
engañosa. Ninguna plancha ha sido fabricada para proteger a las amas de
casa. Y menos que a nadie, a ella, que seguramente ocupa uno de los
escalones inferiores de la escala de Mosh. Tal vez por eso resulta tan
sencillo herirla; es como si ella fuera de yeso, el mineral número dos que
se raya con la uña. ¿Y él? ¿Hasta que punto es resistente? ¿Más que los
fluoropolímeros? Él se rompió una vez. Y lo superó. Pero quedaron secuelas:
el dolor del brazo, el dolor de cabeza, la imagen que le devuelve el espejo
oval de la cómoda, demasiado frecuente.
Efectivamente, fue él quien sufrió el accidente, pero es Amalia quien no ha
conseguido recuperarse del todo.
Y ahora la plancha, con su «sistema antiadherente tricapa con
mayor resistencia al rayado», una patente europea para un electrodoméstico
fabricado en China.
Scratch guard.
Rasguños. A salvo de rasguños.
Le
costó mucho trabajo pelar las patatas. No sólo por el dolor de su brazo
izquierdo, pero también por eso. Había trazado un plan. La vez anterior,
después del espejo y del llanto, reflexionó como nunca antes lo hiciera,
analizando su situación desde todos los ángulos accesibles. Ella aún era
joven, poseía un título, podría empezar de nuevo, lejos de él, otra vida más
amable, como antes del accidente, como antes de encadenar derrota tras
derrota y descender a los infiernos. Como cuando eran dos y a ninguno le
importaba ser diferente. Mejor así, coincidir en todo sería aburridísimo,
solían comentar. Yo, él, soy la roca y tú, ella, eres la brisa del mar.
Poesía improvisada después del amor, aún enlazados sus cuerpos.
Empezar de nuevo, pero esta vez sin él. Sin este intruso que se ha colado en
la casa para suplantar a su marido. Porque aquél no superó el accidente.
Murió allí, en una carretera secundaria, en una curva sin aparente peligro.
Nadie parece darse cuenta, pero es así, ya no cabe duda, y las cosas no van
a cambiar, irán a peor, porque el intruso es dueño de un cuerpo gaseoso y
expansivo que pretende ocupar todos los espacios y asfixiarla poco a poco.
Respirar.
¿Por
qué han llegado a estos extremos? Es algo que no consigue entender.
Considerados por separado, los fragmentos de su cotidianeidad no justifican
que la enfermedad sea tan profunda. Mas los efectos están ahí, en forma de
moratones y arañazos, pero, ¿y las causas? ¿Cuándo se apagó la luz? El
intruso llegó directamente desde el hospital, con las muletas y una mirada
esquiva como único equipaje, pero, ¿en qué momento desapareció también ella?
¿Cuándo llegó la mujer del espejo para sustituirla? Primero fue el silencio,
un muro que fue ganando altura día a día.
—Ya
se me pasará, Amalia, ten paciencia y ayúdame.
Después de rehogar las judías con el tomate y el ajo, se acostó,
vestida y sin asearse, antes de que él regresara pidiéndole una comprensión
más allá de lo soportable. Como siempre después.
—Amalia, ¿duermes?
El
flotador de la cisterna se averió hace un par de días. La esfera de corcho
no se eleva y, por eso, la válvula ha dejado de ejercer su función. Es
preciso cerrar la llave de paso después de cada llenado, para que el agua no
rebose y se vierta. El riesgo de inundación es evidente; bastaría un pequeño
olvido, el sobresalto de un timbrazo a deshora, o la convocatoria siempre
sorpresiva del teléfono; unos minutos y el conflicto con los vecinos
estallará. Habrá que buscar las pólizas del seguro, pedir excusas, arreglar
los daños propios y también los ajenos. Otro término en la insoluble
ecuación de sus desencuentros.
—Esta tarde me toca bricolaje.
Parece de buen humor, aunque no haya roscón ni mantequilla.
—¿Te apetece que salgamos a comer fuera? Cerca del cuartel han
abierto un asador. ¿Qué contestas? ¿Un churrasco y una botellita de vino?
Amalia continúa sentada a la
mesa. Ha
devuelto el material de embalaje y los accesorios a la caja, pero no así la
plancha, varada en posición vertical sobre su apoyo trasero. Ahora sus dedos
resbalan por la lámina protectora antiadherente. Una y otra vez, arriba y
abajo, a favor y en contra. Intenta arañar el recubrimiento, pero el
fluoropolímero resiste los embates de la queratina.
—Yo lo situaría por encima del cinco, ¿y tú?
—¿Cómo dices, Amalia?
El
antiadherente. Digo, que yo pienso que su dureza es superior al grado cinco,
el de la apatita, el de los dientes de los dinosaurios.
El reloj de pared marca las diez y media. Amalia detiene por fin
el recorrido de sus dedos y observa con atención los resultados de la
prueba. Ni rastro de arañazos. Ella es de yeso, o puede que incluso sea de
talco, lo más bajo en la
escala. De
repente, se da cuenta de que aún no ha correspondido con sus regalos. Extrae
del bolsillo de la bata vieja el pequeño estuche envuelto en papel charol.
—¿Sabes? Yo también tengo un regalo para ti, y casi lo olvido.
Es una tontería, ya me conoces. Tómalo.
El paquete con los gemelos se desliza sobre la mesa, se mantiene
unos segundos en equilibrio sobre el filo y, finalmente, cae al suelo. Él
trata de alcanzarlo. Como no puede doblar la pierna, se abre a la par que se
inclina, la mano derecha buscando apoyo en la mesa, el pie izquierdo cada
vez más alejado.
Deja,
puedo yo solo. No quiero que me ayudes, no soy un inválido.
Pero Amalia no se ha levantado con la intención de ayudarlo, y
cuando a él se le enciende una luz dentro de la cabeza y adivina lo que va a
suceder, ya es demasiado tarde.
Keep back 200 feet.
Dolor
para combatir al dolor.
«Nuestros productos marcan la diferencia en la vida de las personas en más
de sesenta países». El folleto de instrucciones, pese a su defectuosa
traducción, no engaña en lo fundamental. La diferencia es manifiesta: sus
vidas ya no serán como antes. Ni como cuando eran dos.
Amalia se contempla en el espejo de la cómoda y, por primera vez en mucho
tiempo, la mujer que siempre llora y huele a orines no está ahí. Vuelve a
ser ella, la brisa que, rodeando los farallones, sopla desde mar abierto
hacia la costa, ella, enfundada en la bata que los Reyes Magos de Oriente le
han dejado junto al árbol. Antes de ponérsela, se desnudó y ha pasado por la
ducha. Después,
con la ayuda de las tijeras, le ha cortado las mangas a la
bata. Así
es más fácil.
En la
cocina, él se agarra con fuerza los dedos de la mano derecha, o lo que queda
de ellos. El golpe seco, asestado con el filo de la plancha, le ha quebrado
varias falanges y por las heridas abiertas fluye la sangre.
Bricolaje quirúrgico de partes seccionadas. Cubo y fregona antes de que los
líquidos encuentren las porosidades del forjado y publiquen, en el techo de
los vecinos, las variaciones de esta sinfonía: respirar, vivir.
La
necesidad de romper los espejos ya no es un ítem en la lista del
frigorífico.
A
partir de ahora, Amalia, las cosas serán mucho más fáciles.
Arturo Ledrado
Rivas
V, 21-23 de diciembre de 2003