Canción de cuna para una mosca doméstica
Para Jimena y Diego Cardoso
Creo que los años la trastornaron, aunque debo
reconocer que cuando me casé con ella ya era un poco rara y de una
sensibilidad enfermiza. No obstante, sigo enamorado.
--)
Por qué nunca deja de volar?- me preguntó una tarde, refiriéndose a una mosca
que daba vueltas tenazmente por la sala.
--Las moscas no descansan ni duermen ante el
temor instintivo de ser sorprendidas por la muerte durante el sueño -fue lo
primero que se me ocurrió decirle, y agregué, decidido a continuar
improvisando: -su vida es breve, justamente por la falta de dormir. Si cada
día lo hicieran un poco, vivirían más.
Mi esposa se quedó mirándome, sorprendida ante
mis repentinos conocimientos. Sonrió, aunque en sus ojos percibí un trasfondo
de amargura. Conociendo su carácter, supe que había cometido un error. Pero ya
era tarde, no podía decirle que le había mentido. Desde entonces, su
progresiva melancolía comenzó a preocuparme.
Dar con un compositor de música es difícil, no
aparecen en las páginas amarillas. La compañía telefónica no se hace
responsable de la omisión. De modo que fue una tarea ardua, por la enorme
cantidad de intérpretes, instrumentistas y cantantes que tuve que abordar a la
salida de artistas de los teatros, no muy dispuestos a ayudarme y casi siempre
sarcásticos ante mi inusual demanda.
Por fin pude confeccionar una escueta lista de
nombres y teléfonos de compositores presumiblemente dispuestos a ayudarme.
El primero a quien llamé, un tal Cardoso,
rehusó mi encargo muy ofendido ante su aparente nimiedad.
--Famosos han compuesto canciones de cuna
objeté.
--Yo no lo hago para animales -fue su parca
respuesta, obviamente falta de cortesía.
--Muchos genios no han tenido reparos en
hacerlo -respondí. Se produjo un silencio reflexivo al otro lado del hilo. Por
fin habló:
--Tiene razón. Rinski Korsakov compuso una de
mis obras preferidas por las dificultades técnicas a la hora de su ejecución.
Me refiero a "El vuelo del moscardón".
Asentí ilusionado, creyendo que estaba a punto
de convencerle, y le dije que era también mi favorita.
--De todas maneras, no compongo para animales.
Yo no soy Korsakov y detesto las moscas, traen enfermedades-. Y colgó.
Con el segundo tuve más suerte, mencionó haber
hecho un par de obras para animales, muy elaboradas y preciosistas, que habían
sido grandes éxitos: la "Cantata de los tigres salvajes" y el ballet "Los
perros rabiosos de la sultana", pero insistió en que una mosca era muy poca
cosa para él.
--)
Por qué no me encarga usted una canción de cuna para una vaca, por ejemplo?
-me propuso entusiasmado-; sería de mayor envergadura.
Iba a explicarle mis razones, cuando
interrumpió:
--Podría comenzar así: los vientos en un
crescendo -tarareo-. Entran las violas -nuevo tarareo-. Timbales: pom, pom, po-pom.
Irrumpen las sopranos mugiendo...
--Perdone -le corté-. Se trata de una mosca.
--Y al fin y al cabo -argumentó exaltado, con
la cabeza aún llena de acordes-, )
qué diferencia hay entre una vaca y una mosca?
--Mucha -respondí molesto-. Las vacas, vistas
de lejos pueden parecer moscas; pero las moscas, desde lejos, no se ven, son
invisibles. Además...
Confundido, colgó. Acaso mis argumentos no
fueron buenos.
Con un tercero fui más contundente para evitar
su negativa:
--Creo que fue Jean Philippe Rameau (o Couperin)
quien compuso una maravillosa miniatura para una gallina clueca.
--Creo recordarla -dijo. Proseguí:
--Mozart, el genio, dedicó un cuarteto
magistral a una trucha que su mujer había comprado esa mañana en el mercado,
acaso lo único que tuvieron para comer ese día.
--Se equivoca -me corrigió-. La Trucha es de
Schubert.
--Perdone. )
Y "El carnaval de los animales"?, )
y "El lago de los cisnes"?
--Sí, tiene usted razón; pero en estos momentos
estoy muy ocupado en un réquiem y me es imposible aceptar su oferta. De todas
maneras, le daré el teléfono de un colega que podría interesarse.
Se lo agradecí. Mientras tomaba nota, pensé que
a los artistas de ahora les falta sensibilidad, y , sobre todo, modestia.
A continuación llamé.
Me dio una cita. Era un hombre ya entrado en
años que vivía en una miserable buhardilla. Me pidió un anticipo un poco
exagerado. La salud de mi mujer era muy importante y extendí un cheque sin
rechistar.
Al cabo de la semana me llamó:
--No tengo aún su canción de cuna -me dijo-,
pero estoy estudiando el tema, documentándome a fondo.
) Sabía usted que las moscas son
sordas?
Reconocí mi ignorancia.
--Se guían principalmente por el olfato y el
tacto -explicó-. Pero perciben la música mediante las antenas y unos pelitos
muy finos que tienen en todo el cuerpo; como los sordos.
--)
Cómo?
--Que sienten la música en el cuerpo, como los
sordos.
--(
Ah!
A partir de ese día volví a conciliar el sueño
con mayor facilidad, aunque la tristeza que persistía en los ojos de mi mujer
continuaba preocupándome. La mosca, dando vueltas por toda la casa, permanecía
al margen de nuestra inquietud.
Dos semanas después el compositor volvió a
llamarme:
--Tengo ya lista su canción de cuna.
No le oculté mi alegría y alabé su rapidez y
profesionalidad.
--Es para orquesta de cámara -por razones
prácticas, ya que no cabrá una sinfónica en su casa, supongo- y soprano
solista. O mejor, contra tenor; aunque es difícil dar con uno, escasean.
le pregunté cuándo podría escucharla.
--Ahora mismo -me contestó. Y pude oír una
especie de siseo al otro lado del teléfono.
--Creo que sonará mejor si la oigo
personalmente. Hay una interferencia en la línea que no me deja apreciarla.
Aceptó.
Al día siguiente se presentó en casa en
compañía de los músicos. También vino una mujer muy delgada y hermosa y un
joven indolente, de largos cabellos rubios, ambiguo como un semitono
cromático. Todos tenían un aspecto algo raído.
--Pude dar con uno -fueron las primeras
palabras del compositor, mientras señalaba al joven rubio-. Es un contra tenor
magnífico.
Mi mujer no dejaba de sonreír.
--Lo primero que quiero es ver la mosca -dijo
el maestro.
Le acompañamos al salón. Enseguida dimos con
ella. Volaba en círculos sobre las flores que mi mujer había puesto esa mañana
en un vaso.
--No hay duda -dijo satisfecho-, se trata de
una Musca Doméstica. Un díptero muy común en todos los hogares y muy
molesto, por cierto. -Percibí en sus palabras cierto tono malicioso. Mi mujer
continuaba sonriendo, embobada.
La mosca se esfumó de inmediato. A lo largo de
nuestra conversación, mientras el compositor me explicaba cómo había concebido
y elaborado la canción, reapareció varias veces, volando, incansable.
Mientras tanto, los músicos se acomodaron con
estrechez formando un semicírculo en el salón y afinaron. Mi esposa y yo nos
sentamos un poco retirados, casi a la puerta, donde no molestábamos. Intuía en
el ceremonial de los músicos un cierto aire impostado y me sentí un poco
idiota.
Por fin acometieron las violas. Siguieron los
oboes hasta un staccato e irrumpió la voz estridente del contra tenor. Mi
mujer se emocionó visiblemente. Pude descubrir una lágrima deslizándose por su
rostro. Casi logró contagiarme, pero centré mi atención en desentrañar la
estructura de esa música hiriente y, a mi modesto juicio, desafinada.
Cuando acabó, mi mujer aplaudió con entusiasmo
y se apresuró a felicitar a los músicos. En un aparte, rogué al maestro que me
dejara ver la partitura, esperando encontrar la clave para entenderla. Así lo
hizo.
No sé leer música, pero los signos manuscritos
me eran familiares, no en vano había estudiado solfeo en la primaria;
recordaba algunas notas y podía identificar una clave de sol, los silencios de
corcheas y los grupos de semifusas igualitos a racimos de uvas negras.
--Aquí abajo está la letra -me dijo señalando.
Traté de leerla:
--zzzzz shshshsh zz shshsh...
--Son onomatopeyas -se apresuró a explicar-, a
las moscas les gustan mucho.
--Pero... es incomprensible.
--No para una mosca doméstica. Ellas lo
entienden...
--) Y
de qué habla? -le interrumpí.
--Obviamente, de niños, de hadas, de madres
buenas y de demonios. En este caso he sustituido a los niños por larvas, las
hadas por miel, las madres buenas por moscones y los demonios por
insecticidas.
--Ya entiendo -dijo por no pasar por un
ignorante. En ese momento se acercó mi mujer. A simple vista se notaba su
ansiedad.
--)
Cree que se habrá dormido? -le preguntó-. No la veo.
--Lo dudo. No ha sido más que un ensayo. Hemos
cometido muchos errores. El contra tenor confundió un re con un mi. La mosca
es muy sensible, no lo olvide. A propósito -agregó, cambiando de tono-, saldrá
un poco más de lo convenido el alquiler de los músicos y, sobre todo, el
contra tenor...
Mientras recogían los instrumentos la vimos
aparecer revoloteando por la habitación, indiferente a todo.
--Ya ve usted -le dijo a mi esposa-, los
defectos de la ejecución le han impedido dormirse.
--Cuánto lo siento -murmuró ella.
--No se preocupe, la ensayaremos durante unos
días y regresaremos. De todas formas, le explicaré una cosa: si la mosca se
halla en gestación se vuelve más sensible a la nana. Es natural.
Mi esposa le mostró una amplia sonrisa de
comprensión.
Yo me sentí estafado.
A partir de ese día ella se mostró optimista.
Cada vez que aparecía la mosca dando vueltas, se enternecía. Yo, en cambio,
rogaba en busca de una solución menos cara.
Al cabo de tres días volvieron. Esta vez todos
vestían de negro, visiblemente con galas de alquiler. Parecían moscardones o
cucarachas.
También nosotros estábamos incómodos con
nuestros respectivos trajes de fiesta olorosos a naftalina.
El silencio previo a las actuaciones me eriza
la piel, temo que los músicos se equivoquen y pasar vergüenza ajena. Mi mujer
tenía un nudo en la garganta y le sudaban las manos. Yo pensaba en lo que me
costaría todo aquello.
La mosca, de la cual casi nos habíamos olvidado
con la expectación, llegó volando desde la cocina y se posó en la oreja
derecha de la concertino. Ella la espantó de inmediato con un movimiento
discreto del arco.
De nuevo una música incomprensible y chirriante
fue perforándome los oídos. Mi esposa, en cambio, disfrutaba y parecía
transportarse con los alaridos del contra tenor.
Al terminar no me atreví a abrir la boca,
atónito. Ella aplaudía entusiasmada. Miré hacia el techo y no vi a la mosca.
Mi esposa tampoco, y se disgustó.
Entre todos la buscamos sobre los muebles, en
el suelo, por los rincones, esperando encontrarla dormida... No estaba.
Tampoco en la cocina. Las puertas que dan al resto de las habitaciones las
habíamos cerrado.
Ni quiero hablar de mi decepción ni de la
tristeza de mi mujer; tampoco de la indiferencia del compositor cuando me
entregó la factura y se guardó el cheque en un bolsillo con gesto codicioso,
ni de los músicos que se retiraron entre risitas solapadas.
Esa noche ella tuvo pesadillas y yo no logré
quitarme de la cabeza el remordimiento por no haber tenido el valor de
retractarme de una estúpida mentira.
Al día siguiente, mientras desayunaba y leía el
periódico intentando olvidar lo ocurrido, un grito me sobresaltó. Corrí hacia
el salón y encontré a mi mujer subida a una silla, plumero en mano.
--(
Está aquí! -me dijo fuera de sí, señalando un rincón del cielo raso.
Le pregunté a qué se refería.
--A mi mosca -me contestó con la voz quebrada.
El corazón me dio un vuelco.
En una telaraña insignificante estaba atrapada
la mosca. No vi ninguna araña.
--)
Está muerta? -murmuró ella.
No supe qué decirle.
Estiré una mano para cogerla, cuando es ese
instante creí oír una musiquilla: shshs zzzz z z sssss...; fueron unos
segundos apenas imperceptibles. Reconocí entonces algunas notas de la canción
de cuna.
Cogí la mosca y vi un punto negro extraño en el
abdomen. Me puse las gafas: un silencio de corcheas le atravesaba el cuerpo
como un arpón. Volví a dejar el cadáver en la tela. Al hacerlo descubrí una
insignificante araña refugiada un poco más allá, temerosa.
Bajé de la silla. Mi esposa lagrimeaba.
--)
Está muerta, verdad?
Asentí con un gesto.
--No lo entiendo.
Es muy fácil -le dije mientras secaba sus
mejillas, decidido a poner parte de verdad en mis palabras-. La música, por su
etérea naturaleza, tiende a subir, como el aire caliente y los gases. La
mosca, durante la ejecución, debió de haber estado volando muy bajo, cerca del
suelo, pues en él había algunas migas de la merienda, y apenas si pudo oír la
canción de cuna. Mientras tanto, un compás quedó enganchado en la tela: un par
de redondas y unas cuantas negras y blancas. Cuando los músicos se marcharon y
nos fuimos a dormir, la mosca subió y, al pasar junto a la tela, quedó
atrapada; el compás enganchado surgió efecto adormeciéndola.
Mi mujer me miraba con los ojos muy abiertos y
húmedos.
--Entonces -continué-, la araña debió de darle
muerte sorprendiéndola durante el sueño.
Ella continuó desconsolada, incapaz de
comprender, todavía con el plumero en las manos.
Le pasé un brazo por encima del hombro.
Mientras nos íbamos de allí tuve la sensación de unos ojos atónitos de araña
clavándose en mi nuca y, al pasar junto al espejo del pasillo, pude ver de
soslayo que los míos también miraban desconcertados.