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Ceremonia de máscaras (capítulo I)

 

 

Cada una hora aproximadamente, estuvo sonando el teléfono. Lo arranqué de cuajo de la clavija y lo metí en un armario, tapado con una almohada, por si la campanilla tuviera alma propia. También ayer sonó el timbre de la calle durante un buen rato, tampoco le hice caso y me quedé en silencio. Oí voces al otro lado de la puerta, murmullos y pasos fugaces, hasta que, quienes fueran los que me buscaban, desistieron de llamar; cansados tal vez de hacer conjeturas sobre mi inexplicable ausencia, decidieron irse; y los oí con claridad entrar al ascensor. Con suerte no volverán, porque les escribiré de inmediato diciéndoles que renuncio a mi puesto, y que me vuelvo a España a vivir. ¿Acaso van a molestarse en comprobarlo? No, no lo harán. Y únicamente saldré de casa hasta el portal, no iré más allá de la puerta de la calle, no saldré a la intemperie, ni a la cansada luz  de un cielo gris opresivo que me sé de memoria., sólo bajaré para ver si descubro alguna carta de Dzevo en el buzón. Si hay otras que no sean suyas, las quemaré sin molestarme en abrirlas.

No tengo alma propia, sino el hueco que ésta ocupaba lleno ahora de almas ajenas, aquilatado por el bullicio y la magnitud de todas estas almas que me invaden.

Estoy muerto, David lo percibió con claridad meridiana. A pesar de todo, me es imposible resucitar de mis propias cenizas, no encuentro la fórmula, nunca daré con ella, no quiero hacerlo. El peso de mi historia me ata de pies y manos; y me es imposible precisar con exactitud qué acciones, pensamientos, palabras o gestos del pasado tuvieron la contundencia tal para anularme, y entonces, remediarlos. No sé si fue lo dicho o lo callado, o acaso todas y cada una de las palabras pronunciadas y oídas, todos mis gestos y también los ajenos, todo cuanto mi pensó cerebro, el cúmulo de verbos nunca dichos que, engarzados unos a otros, me  encadenan impidiéndome volar.

Observo, al otro lado de la habitación, las cajas cerradas, silenciosas. Me dan miedo, no sé si abrirlas o no. Lo sé, continúo aferrado a los objetos, convencido de que puedo dominarlos, de que me pertenecen y son inofensivos, porque carecen de voluntad y nunca se volverán en mi contra. Sé que me perpetuarán, que perdurarán mucho más en el tiempo por el mero hecho de existir y haber sido míos; pero también me duele cuando pienso que dejarán de tener valor tras mi muerte, si nadie los descubre e identifica como míos, o si se pierden definitivamente y quedan huérfanos.

A veces el silencio es tan sólido, sobre todo a la hora de la siesta y de madrugada, que puedo oír con toda claridad ese aleteo frugal que se propaga por todo el piso. Los ojos del ángel me persiguen, me interrogan con mirada burlona, cada vez que me cruzo con ellos. No sé si son ojos justicieros, pero me basta con saber que son demasiado reales, y vengativos tal vez, y que únicamente puedo evitarlos ocultando mi verdadero rostro tras la mascarilla que me confunde con David. Cuando me vuelvo David, es cuando la dureza de esos ojos se apacigua, se hace menos terrible y celestial, y más humana.

Cuídate de los ángeles cuyo paso

deja un rastro de sangre.

Es el epitafio que quiero hacer que cincelen en mi tumba, aunque exista uno igual que alguien anónimo mandó poner en una lápida que no fue la mía, tal vez hace ya más de un siglo. Es el epitafio que me corresponde, el que merezco, con justicia, para toda la eternidad. Son versos cuyo misterioso significado me acució durante años, hasta el velo cayó un día, hace tiempo, y cobraron significado cuando se hicieron míos y prendieron en mi carne convertidos en mi propia prolongación, y en el amargado testimonio de mi circunscrita existencia.

Hasta aquí llegué por miedo: Álvaro Zuloaga, mi nombre, es el de un hombre que se vació de su alma para acoger, en su lugar, a un montón de almas en pena extrañas, y que ya tiene epitafio y puede desaparecer del mundo incómodo de los vivos e integrarse a este otro más justo y apacible, donde, sin saberlo, siempre estuvo.  

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