LA MUJER DEL VERDUGO
Estoy harta,
rezonga a menudo la esposa del verdugo. Por qué tienen que recordármelo a
toda hora y en todo sitio, si hasta en la panadería me dejan el pan
apartado y boca abajo, y cuando entro los demás clientes me miran de
soslayo, con desprecio y, nada más irme, los siento murmurar a mis
espaldas:
¡Es la mujer del verdugo!
¡Es la mujer del verdugo!
Lo mismo corean los chicos
cuando me los cruzo en la plaza, y fingen que juegan a la ronda:
¡Es la mujer del verdugo!
¡Es la mujer del verdugo!
Y cada vez que me acerco al
pie del cadalso a recoger la mandrágora mojada de semen, no se corta un
pelo ésta tampoco, y en el momento de arrancarla me grita con su vocecita
chillona:
¡Es la mujer del verdugo!
¡Es la mujer del verdugo!