AUTOR  TERMINADOS  LO QUE VENDRÁ  OPINIONES/REVIEWS   EDICIONES ESPECIALES    PARA LEER AQUÍ   ESTUDIOS ACADÉMICOS

 

 

inicio/home

 

novela

 

cuento

 

antologías

 

revistas

literarias

 

entrevistas

 interviews

 

desde/from

 

 premios/awards

 

 on line

 

otros/events

 

en preparación

 writing

 

 blog

 

Las puertas del hacedor

 

contacto/email

 

Hit Counter

 © norberto luis romero

 

 

 

en preparación/writing
 

ESTADO LARVARIO

Novela

Una mudanza de casa es algo más que un cambio de lugar, es también un renacer con el que se pretende borrar el pasado y burlar un supuesto destino, pero el protagonista ignora que junto a los muebles y otros objetos personales que transporta a su nueva casa arrastra el hilo al que permanece atado desde el principio de sus días. Ignora asimismo que le espera un nuevo estigma: la consideración de un intruso por parte del resto de los vecinos. Se abren entonces dos frentes de acoso, el pasado irrevocable que trae consigo y la labor destructiva del vecindario, cuyo único objetivo es derribarlo.

 

 

Moving from a house is something more than a change of place; it’s also a rebirth intended to erase the past and dodge a supposed destiny, but the protagonist doesn’t know that besides the furniture and personal possessions that he transports to his new house, he carries the thread that he has been tied to from the beginning of his life. At the same time he doesn’t know that a new stigma awaits him: all the neighbors considering him an intruder. Two fronts of harassment are opened then, the irrevocable past that he brings with him and the destructive efforts of the neighbors, whose only objective is to destroy him.

OFICIOS SIN BENEFICIO

microrelatos

 

 

 

LA MUJER DEL VERDUGO

 

Estoy harta, rezonga a menudo la esposa del verdugo. Por qué tienen que recordármelo a toda hora y en todo sitio, si hasta en la panadería me dejan el pan apartado y boca abajo, y cuando entro los demás clientes me miran de soslayo, con desprecio y, nada más irme, los siento murmurar a mis espaldas:

 ¡Es la mujer del verdugo! ¡Es la mujer del verdugo!

Lo mismo corean los chicos cuando me los cruzo en la plaza, y fingen que juegan a la ronda:

¡Es la mujer del verdugo! ¡Es la mujer del verdugo!

Y cada vez que me acerco al pie del cadalso a recoger la mandrágora mojada de semen, no se corta un pelo ésta tampoco, y en el momento de arrancarla me grita con su vocecita chillona:

¡Es la mujer del verdugo! ¡Es la mujer del verdugo!