
con Norberto Luis
Romero
Sonia Antón
Ríos
www.calidospio.net Sobre la creación artística, enero 2007
A pesar de que lleva más de media vida viviendo en España y de que su obra
literaria se ha desarrollado aquí, es curioso ver cómo un escritor como
Norberto Luis Romero (Córdoba, Argentina, 1951) es casi más conocido
fuera que dentro de nuestras fronteras. Paradójicas contradicciones que
tiene este oficio nos vemos abocados a pensar, porque si no, no se
entiende que ande más cerca del la nómina de autores "por descubrir" que
de la de autores consagrados.
Norberto Luis Romero, de oficio:
escritor, fabulador, narrador, inventor de historias, personajes,
atmósferas, comienzos, nudos y desenlaces. Así de fácil resulta hablar de
él, claro, porque lo bellamente complicado del oficio viene después, una
vez sumergidos entre las páginas de sus libros. La sencillez nunca estuvo
hecha para Norberto, y damos gracias. Maestro del ambiente y de la
riqueza de matices y detalles. Sus personajes son redondos pero llenos de
aristas y características singulares, la complejidad real del mundo, los
apuestos que conviven, la astucia, la inocencia, lo bueno y lo malo.
Isla de sirenas
(Valdemar, 2002) es un libro que representa bien el universo literario de
Norberto y esa querencia suya, en muchas ocasiones, por la novela de
ficción-fantástica; la acción se sitúa en una isla, conocida por haber
sido prisión y patíbulo, donde dos gemelos con una relación muy estrecha
viven con sus abuelos. Un ambiente claustrofóbico, propio de novela
gótica, está presente en todo momento. Un buen espacio en el que descubrir
los secretos más oscuros de la familia.
Las relaciones personales, siempre difíciles y, más
allá, los triángulos amorosos que tanto juego dan argumentalmente siempre
están en su obra, como en Ceremonia de máscaras (Leartes,
2003). En ese rico universo también participa la intriga, el misterio,
algunas veces apoyado en le género negro como en Bajo el signo de
Aries (Egales, 2005); ¿qué mejor que intentar descubrir la
solución a un asesinato en un barrio marginal para que afloren las trabas
personales de los investigadores?
Pero no sólo por sus novelas es conocido Norberto Luis Romero, si
no también por sus cuentos, publicados en infinidad de revistas y
antologías. Así nos atrevemos a decir que es un excelente heredero de la
mejor tradición cuentística.
¿Existe la inspiración? ¿Se
busca o le encuentra a uno?
Existe cuando se la busca trabajando.
Realmente, ¿Es necesario, como decía Picasso, que la inspiración le pille
a uno trabajando?
Mejor es pillarla a ella.
¿Está ya todo inventado?
En absoluto.
¿Cree
determinante el espacio y el tiempo? ¿Tiene usted algún lugar y horario
preferente para la labor creadora? ¿Alguna manía?
No son determinantes estas coordenadas, pero
personalmente prefiero escribir en las cafeterías por la mañana.
¿Cómo se superan las dudas?
Trabajando.
¿Escribir es decidir?
Continuamente.
¿Cómo definiría el acto de la escritura?
Es Como un sentimiento amoroso.
¿Cuál es su estado de ánimo óptimo para trabajar?
El de cualquiera que hace lo que le gusta realmente.
¿Nos podría describir su lugar de trabajo?
Un ordenador y un café, conexión a Internet permanente.
¿Lleva siempre encima una libreta para notas?
Casi siempre, y si no, cualquier papel vale.
¿Cómo es su proceso creativo? ¿Qué le surge antes: el tema, los
personajes, el espacio, el tiempo…?
No es siempre igual, pero a menudo surge como una
imagen o una atmósfera.
¿Cómo se libera uno de los personajes creados?
Matándolos, resolviéndolos correctamente, olvidándolos
o poniéndolos en más de una obra.
¿Qué valoración da a la corrección?
A la corrección política, ninguna, a la corrección
gramatical, toda.
Una vez terminado, ¿cómo se enfrenta a las críticas?
Según sean éstas, pero por lo general muy bien.
¿Cuál es ese libro que habría disfrutado escribiendo?
Las ciudades invisibles.
Miguel Baquero, para
Literaturas.com, diciembre, 2004
"Me siento injustamente
ignorado"
En unos tiempos como estos, en los que
tanto abunda el engreimiento en los escritores y la chapuza en la
redacción, resulta extraño encontrarse con un autor como
Norberto Luis Romero. Norberto
es un novelista, lo cual suena sencillo, pero a la vez complicado.
«Complicado» porque Norberto, al contrario que muchos, es un escritor
preocupado por la calidad de su obra literaria y por lo que podríamos
llamar «técnica» de la narración. Uno podría pasarse horas enteras
hablando con él (mejor, oyéndole hablar) sobre puntos de vista, sobre
tonos de la narración, sobre el ritmo, sobre la coda, sobre el modo de
construir los personajes, sobre la importancia de las ambientaciones...
sobre, en fin, el arte de construir correctamente una historia. Hoy día,
cuando muchos creen que novelar consiste básicamente en ponerse a contar
cosas, es gratificante encontrarse con un escritor como Norberto que
defiende de palabra, pero sobre todo de acción, en sus novelas, el trabajo
bien hecho, la historia bien planteada, la literatura bien resuelta. Que
emplea la buena y vieja técnica sin caer en el mecanicismo ni en la
frialdad.
Y novelista, al referirse
a Norberto, suena a la vez «sencillo» porque, pese a que bien podría
hacerlo, no se trata de uno de esos autores fatuos que se tornan solemnes
y rimbombantes para hablar de sus novelas, o que lucen con ridícula pompa
la categoría de «escritor». Muy al contrario, Norberto muestra su obra con
legítimo orgullo, pero sin caer en la propaganda de sí mismo, seguro de lo
que ha hecho, pero sin perder nunca el sentido del humor y la distancia
crítica.
Tal vez por todas estas
raras cualidades —la calidad y la ambición en lo esencial, unidas a la
modestia en lo accesorio— es que Norberto Luis Romero constituye una «rara avis» dentro del panorama literario en castellano, un escritor al que
merece la pena descubrir, porque, curiosamente, todos aquellos que lo han
hecho se han manteniéndose fieles a su escritura, como demuestran los
diversos grupos de admiradores de su obra que le han convertido
prácticamente en un autor de culto, aunque imagino que a él, en su justa
humildad, no le gustará esta expresión.
Norberto L. Romero:
Me resulta bastante indiferente cómo me cataloguen. Por lo
general estos adjetivos pecan siempre de injustos y sobre todo de
innecesarios, cuando no de efímeros; se me llama autor de culto, autor
maldito, perverso, cuando creo que únicamente existen dos categorías de
autores: los buenos y los malos; pero si debo involucrarme necesariamente
en una de ellas, diría que me considero, por sobre todo, un autor
injustamente ignorado frente a una inmensa mayoría de sobrevalorados.
Literaturas.com: Norberto
Luis Romero nace en Córdoba (Argentina) en 1951 y, después de varios
libros de cuentos, se lanza a la novela en 1997 con “Signos de
descomposición” , una obra magnífica y redonda. ¿La novela supone
para ti la culminación de tu época «cuentista», un escalón superior para
el que te fueron preparando los cientos de relatos escritos con
anterioridad?
Norberto L. Romero:
No, de ninguna manera. Si la novela fuera un escalón superior y
los relatos meros ejercicios para llegar a esta culminación a la que algún
crítico cuyo nombre prefiero olvidar, tuvo en su día el coraje y desatino
de llamar “género mayor”, cuentistas como Borges, Poe, Quiroga, etc, y
otros cientos habrían sido, evidentemente, autores inferiores. ¿Es
superior un haiku a un soneto? Lo más lamentable es que hay gente,
escritores y críticos que siguen convencidos de que el cuento es un género
menor, el hijo bastardo de la narrativa.
Literaturas.com: En
“Signos de descomposición” aparecen muchos elementos que,
posteriormente, constituirán una constante en tu obra novelística. Uno de
ellos es el ambiente opresivo, claustrofóbico, enfermizamente cerrado
sobre sí mismo...
Norberto L. Romero:
Sí, será que yo aparento ser lo que no soy (ríe). Tengo mucho
sentido del humor y soy muy simpático, pero algo me hace suponer que mi
interior es oscuro y el humor lo dejo para sobrellevar la vida real y no
perecer en sus fauces, y en mi narrativa me muestro como verdaderamente
soy, acaso alguien cuya historia personal no es precisamente luminosa.
Literaturas.com: Tanto
“Signos de descomposición” , tu primera novela, como “La
noche del zepelín” , “Isla de sirenas” o “Ceremonia de
máscaras” , tus novelas posteriores hasta la fecha, se desarrollan en
unos mundos que, al principio de la narración, se presentan sujetos
precariamente sobre un vórtice, hasta que de pronto irrumpe la figura de
un extraño llamado a trastocarlo todo...
Norberto L. Romero:
Claro, es justamente lo que te decía. La felicidad en la infancia
es una funambulista atravesando una cuerda muy precaria y delgada, sobre
todo cuando se cierne sobre tu historia personal un rosario de agonías y
muertes, y tu niñez y adolescencia se derrumban. Ese intruso, el gran
intruso en nuestras vidas es la muerte.
Literaturas.com: Se
podría decir, pues, que tus novelas son la historia ilustrada de una
catástrofe, el desplome de las falsedades y las mentiras por conveniencia.
Norberto L. Romero
: Es el desplome total de todo cuanto nos rodea, de todo en
cuanto creemos, de los valores que forman el andamiaje ético y moral de
nuestra vida como seres sociales. Es la conciencia de la verdad, de la
descarnada realidad ante la que cerramos los ojos, la misma de saturamos
con eufemismos para pasar a su lado tangencialmente, la misma que cubrimos
con el nefasto barniz de la corrección política. Porque tenemos miedo a
enfrentarnos con nuestra propia verdad y la ajena.
Literaturas.com: Me ha
llamado mucho la atención el magnífico modo en que ambientas tus
historias, ya que, aunque situadas en un tiempo y un lugar concreto,
logras que parezcan espacios oníricos, irreales...
Norberto L. Romero:
Bueno, yo soy el menos indicado para hacer una crítica o un
análisis de mi obra. Sospecho que esos espacios oníricos e irreales son,
por un lado, una pretensión mía de otorgar a una novela o un cuento un
tiempo y un espacio lo suficientemente ambiguos como para alejarlos de la
circunstancia. Creo que es una forma de darles mayor universalidad, una
forma de hacerlos perdurables. Ya sé que es una perogrullada, porque la
perdurabilidad de una obra literaria depende de su calidad y no de su
paisaje, pero bueno, a mí me ayuda a creer que así voy a pasar a la
posteridad (ríe). Por otro lado, me llevo muy mal con la realidad, y ella
muy mal conmigo. Nos odiamos y yo hago como si no existiera, prefiero mis
propios mundos, porque aunque crueles y dolorosos soy yo quien los manejo
y no ellos a mí… bueno, no siempre.
Literaturas.com: En tus
novelas las pasiones aparecen soterradas, a punto de ebullición, pero no
acaban de explotar, con lo que logras mantener la tensión durante todo el
libro. Supongo que esto será lo más difícil de conseguir en tus novelas,
esa constante tirantez, esa amenaza inminente...
Norberto L. Romero:
Lo hablaba hace poco con un lector mío que descubrí casualmente
en uno de esos foros de Internet en los que jamás entro, porque un lector
le exponía a otro una duda respecto de “Isla de sirenas” . Le
decía que el secreto de la literatura, y de todo el arte en general, es no
decir jamás las cosas directamente sino sugerirlas, bordearlas,
esconderlas dentro de otras. Con la tensión ocurre lo mismo, el arte es
generarla y mantenerla de manera creciente a lo largo de toda la narración
y hacer que estallen no en los personajes, sino en el alma o la conciencia
del lector. Son los lectores los que deben padecer el drama, no los
personajes, éstos son meros transmisores. Te confieso que cuando escribo
soy un sádico, voy estructurando los elementos como para hacer sufrir al
lector. ¿No voy a padecer yo solo, no? (ríe)
Literaturas.com: Hablemos
un poco del lenguaje. Podría abrir cualquier página de tus novelas para
obtener una frase con que demostrar tu estilo elegante y cuidado. ¿Qué
importancia le das al estilo literario?
Norberto L. Romero:
Yo no podría decirte qué es exactamente un estilo literario
, y menos aún cuál es el mío; poniendo un ejemplo bastante soez,
podría decirte que suele ser tan inconfundible como el propio olor a
transpiración. Sabes que en una reunión eres tú el que huele y te mueres
de vergüenza, pero no puedes evitarlo: es una seña de identidad. Mi
preocupación por poner tanto cuidado viene de mi dislexia, que me hace
confundirlo todo, invertir las palabras, confundir la d con la
b . Vamos, que esa elegancia de mi estilo es consecuencia de mi
propia torpeza, o de los intentos por superarla.
Literaturas.com: En esto
del lenguaje, como en todo, suele haber dos extremos: los que defienden un
lenguaje meramente funcional, conciso, una prosa de bisturí, y los que
gustan encontrarse de vez en cuando con rasgos preciosistas. ¿Entiendo que
tú estás por esto último?
Norberto L. Romero:
Siendo como soy un admirador de Borges y Cortazar, creo que la
respuesta es bastante obvia, aunque hay veces que la acción, los
personajes, el género que toques o la atmósfera te exija matizar la prosa
de bisturí con algún que otro florilegio. ¿No te parece esta última una
palabra espantosamente horrible a estas alturas? Y aunque no me lo
preguntes y sabiendo que arrojo piedras sobre mi propio tejado, te diré
que una gran cantidad de autores españoles pecan de estos florilegios.
Literaturas.com: Por
último, ¿cuáles son tus proyectos literarios? ¿Estás trabajando en una
nueva novela?
Norberto L. Romero:
Tengo períodos de vagancia que alterno con otros más fructíferos.
Acabo de terminar una novela llamada “Bajo el signo de Aries” ,
que es una especie de thriller con personajes gays y, por
supuesto como es de esperar de mi retorcido cerebro, con un final bastante
perverso. Y en estos momentos estoy entusiasmado con una novela de
infancia y adolescencia (es la señal de que ya estoy hecho un viejo),
donde, por supuesto, habrá elementos fantásticos que me permitan evadirme
de esta realidad tan detestable y falsa que me hace sufrir tanto y ganar
tan poco dinero (risas). Simultáneamente trabajo en algún cuento, que es
como interrumpir la factura del collar para centrarte en el placer de
pulir una perla.
Hasta aquí la entrevista
con Norberto Luis Romero, un autor digno de leer, desde luego, pero sobre
todo digno de escuchar, porque realmente resulta un placer, llegados a
este punto, apagar la grabadora, pedir otro café y seguir conversando con
él, tranquilamente, sobre literatura...

Vicente Munóz Álvarez,
para
La Mirada, suplemento literario, Sevilla, 1997
NORBERTO LUIS ROMERO:
EL LADO OSCURO DE LA REALIDAD
La
vida aguarda silente y quieta entre mis heces el momento oportuno para
proseguir su rutinario e implacable círculo de destrucción.
N. L. Romero.
Signos de descomposición.
Autor de
tres libros de cuentos y una novela, ganador de importantes premios
literarios y colaborador de las más prestigiosas antologías y revistas
americanas y españolas dedicadas al relato breve, Norberto Luis Romero
( Córdoba, Argentina, 1951 ) es casi un escritor oculto, un magnífico
escritor de cuentos que, debido a intereses exclusivamente editoriales y a
la discriminación que respecto a la novela sufre este género en nuestro
país, no ha sido valorado aún en su justa medida.
Sólo con la publicación de su primera novela:
Signos de descomposición
(Valdemar, 1997), parece haberse roto en
parte esa maldición de olvido que pesaba sobre sus anteriores libros.
Supongo que fue sólo el azar (teniendo en cuenta el volumen incalculable de títulos amontonados en las
librerías) quien puso en mis manos ese libro terrible y hermoso que es
Signos de descomposición, una de las novelas más desasosegantes y
arriesgadas de la última década, y quien despertó mi interés por la
literatura de Norberto. Como también supongo que fue sólo el azar quien,
de la mano de nuestro amigo José Boix, me puso luego en contacto con él,
permitiéndome así conocer en profundidad su obra.
No creo equivocarme (y espero
que el tiempo me dé la razón) al afirmar que nos encontramos ante uno de
los más brillantes escritores de relatos breves que ha dado la lengua
española en los últimos tiempos, heredero de la tradición de Cortázar y
Borges, pero poseedor de un universo exclusivo de obsesiones que han
encontrado cauce en joyas indiscutibles del género como son Diario del
taxidermista, Ritual de los espías, La captura y muchas otras de las
narraciones que contienen sus tres libros de cuentos.
En todos ellos, con una
densidad de estilo que atrapa de inmediato al lector, Norberto desplaza
los límites de la realidad cotidiana hacia espacios más oscuros y
asfixiantes donde un fatalismo casi espectral parece impulsar las acciones
de sus protagonistas. Se traslada así el sentido inicial de lo aparente
hacia infiernos del alma donde el primer enemigo es uno mismo, esa galería
de fantasmas que llevamos todos dentro y que encuentra los más asombrosos
modos de manifestarse al exterior, a ese otro espacio que el autor llama
lado diáfano de la vigilia y que, no por tal, está libre de sufrir
un brusco giro.
Todo lo cual ha sido
administrado con mano si cabe aún más certera en su primera (y casi
impuesta) novela, Signos de descomposición, un documento aterrador
sobre el fracaso y la falta de fe, que ahonda en los abismos más tétricos
y oscuros del ser humano y que confirma a Norberto Luis Romero como uno de
los más inquietantes escritores de ficción vivos de nuestro país.
La presente entrevista aborda,
además de otras cuestiones, la problemática del menosprecio editorial que
sufren en la actualidad los libros de cuentos, y algunas de las claves
básicas para entender la obra de este imprescindible escritor.
P: De
tus cuatro libros editados, Norberto, tres son de relatos breves, género
un tanto infravalorado en este país. ¿A qué crees que es debido este
rechazo?
R: A la falta de tradición en el género y a la soberbia de
algunos críticos y escritores que no se cortan un pelo a la hora de
catalogarlo como un género menor, o paso previo a la novela, a la que
llaman género mayor. Esto me parece una perogrullada que permite deducir
que Borges, y tantos otros que en su vida escribieron una novela, son
escritores menores. En España se tiende a catalogar, a poner rótulos y a
encasillar, y en nombre del falso patrimonio de una lengua y de una
trayectoria gloriosa en la historia se pueden enunciar barbaridades de
este calibre.
P: ¿Es más difícil escribir una novela que un libro de cuentos? ¿Por qué
crees que se valora más lo primero?
R: Es tan
difícil un género como otro. Yo abogo por la confusión de géneros. O, si
prefieres, por la libertad de expresión en moldes acordes a las
necesidades del escritor y no de las editoriales y el mercado.
Evidentemente, las dificultades no estriban en la cantidad de folios, sino
en la intensidad de la narración y en la honestidad del autor.
P: Tu
primer libro: Transgresiones (I Premio Noega), se publicó en
1983.
¿Qué
sucedió hasta Canción de cuna para una mosca doméstica (Premio Tiflos de cuento), publicado diez años después?
R: Son años que pasé escribiendo, gastando dinero y tiempo en
mendigar por las editoriales… Las respuestas eran siempre las mismas:
elogiosas, pero que les enviara una novela. Únicamente las pequeñas
editoriales se interesaban por mi obra, pero no tenían dinero. Durante
esos años no dejé de publicar cuentos en E.E.U.U. y Canadá, en revistas
literarias. Los criterios de selección en estos países son distintos: sólo
juzgan la calidad.
P: A
menudo tratas la deformidad física en tus cuentos, la degradación moral,
el horror genético. ¿Por qué ese interés por lo deforme como recurso
literario?
R: No es,
a mi juicio, un recurso literario; es así como percibo la realidad, que
posteriormente transformo en recurso por medio del oficio y la técnica. El
lado diáfano de la vigilia ( término que prefiero ) no me interesa, no lo
creo poseedor de una riqueza de matices que permitan superar al
naturalismo y trascenderlo a lo fantástico, que es otra manera de hacer
hiperrealismo.
P: Tu
tercer libro, El momento del unicornio, contiene, en mi opinión,
algunos de los mejores relatos que se han escrito últimamente en este
país, cuentos tan delirantes como Francotiradores, Ritual de los
espías, Diario del taxidermista o La captura, que arrastran al lector
a infiernos del alma muy poco explorados. ¿Qué tipo de reacción quieres
provocar con esos relatos?
R: Nunca
me propuse ( hasta Signos de Descomposición ), provocar nada ni a
nadie: cuando escribo lo hago pensando en lo que a mí me gustaría leer. En
Signos ocurrió algo distinto: a medida que iba elaborando la novela
me fui convirtiendo en un sádico consciente de los mecanismos que estaba
empleando para provocar sufrimiento, claustrofobia e impotencia. Disfruté
mucho escribiéndola, porque creo que en el fondo con ella me estoy
vengando de todos aquellos que me pidieron una novela. Aquí la tienen, ¿
y ahora qué ? Bueno, en la próxima seré menos despiadado y más comercial.
Ahora me siento en paz. Lamento que la vendetta haya caído sobre esos dos
locos lindos que son Valdemar, los únicos que se atrevieron.
P: ¿Qué simbolizan para ti las turbias riquezas del relato titulado Joyas,
uno de los más desasosegantes que incluye ese libro?
R: Un
autor no es siempre consciente de lo que simboliza en su obra,
generalmente son los críticos quienes se encargan de reflotar los símbolos
ocultos. Pero está claro que es una especie de subversión de valores, que
no son las apariencias lo que vale, que en la mierda se pueden hallar
incalculables joyas.
P: ¿Qué tipo de literatura y de autores han influido más en tu formación y en
tu escritura?
R: No
creo demasiado en eso de las influencias. Sí reconozco que Borges me abrió
los cielos de la prosa y Cortázar me descubrió que no hace falta un tema
trascendental para hacer una obra trascendental, sino arte y oficio. De
todas maneras, cuando se balbucea se hace con palabras prestadas, hasta
que uno encuentra su propia voz, que es la suma de la propia y las de los
que le precedieron. Muy Borgesiano, ¿ no ?
P: ¿Qué ha significado para ti Signos de descomposición? ¿En qué tipo
o género de novela la encuadrarías?
R: Una
meta cumplida con alegría y éxito. No me preocupa encuadrarla en un género
que podría cabalgar entre una novela de Genet, otra de Roland Topor y
Las Confesiones de San Agustín.
P:
Como muchos de tus cuentos, esa novela se desarrolla en espacios cerrados
y opresivos, claustrofóbicos. ¿Por qué sitúas a menudo a tus personajes
en esos contextos?
R: Mis
contextos literarios responden a mis contextos interiores. Supongo que
cualquier psicólogo podría explicarlo mejor. Yo también, pero prefiero no
hacerlo.
P: ¿Qué entiendes por ética y estética de la escatología, término que
tú mismo empleaste en una ocasión?
R: Para empezar, la escatología en nuestra cultura está
estrechamente ligada a la moral, y por lo tanto, según el uso que se haga
de ella, tendrá su ética; y en la medida en que sea considerada un
instrumento más, un componente de esos valores y no se convierta en un fin
en sí misma, tendrá también su estética. El uso que se hace de ella en la
historia ha variado según los parámetros culturales y morales vigentes: La
comedia del arte la reivindicó como instrumento de humor, nosotros,
actualmente, la condenamos y le atribuimos valores negativos per se, que
en su estado puro no tiene. Y también hay un resurgimiento como reacción a
cierto desencanto generalizado y finisecular o milenarista, pero que no
suele ir más allá de la provocación.
P: ¿Crees, como Wilde, que el artista tiene derecho a
explorarlo todo?
R: No sólo tiene derecho, como todo el mundo, sino que puede
tener o no necesidad de hacerlo. Incursiono en mis propios abismos y, como
siempre quise ser entomólogo, exploro con microscopio a los demás y leo
entre líneas.
P: ¿Qué opinas de la narrativa joven española? ¿Y de las revistas de
literatura alternativas? ¿Crees que ayudan a impulsar a los nuevos
creadores?
R:
Insisto en que huyo de las etiquetas. Son un invento de las editoriales.
La narrativa, como la poesía, no es un asunto de edad cronológica sino de
edad mental, y no la divido en joven y vieja ( existe una especie de
gerontofobia general que nos convierte en materia prima para Placton Verde
), sino en buena y mala. Truman Capote escribió su primera novela con
veintiún años, creo que Carson McCullers también, a los veintidós… La
verdad, todo este asunto de narradores jóvenes, caníbales, urbanos,
generación X, etc., me cansa y aburre. O se es un escritor o se es un
dominguero.
P: ¿Es fácil publicar en este país? Comenta un poco tu experiencia al
respecto.
R: Es
difícil pero no imposible. Mi experiencia, mi maldición como cuentista,
fue un calvario hasta llegar a Nobel y a Valdemar. Pero estos señores son
Rara Avis dentro del zoo de editoriales poblado de voraces felinos.
P: ¿Qué opinas de los sectarismos, las capillas literarias, la mafia
editorial, los agentes literarios, los padrinos, los concursos, los apaños
y todas esas pequeñas turbulencias de la vida literaria de nuestro país?
R: Que en
países como E.E.U.U. no existen, o al menos no son tan notorias y feroces.
El amiguismo ( es menos duro y más justo que mafia ), es parte de la
idiosincrasia latina.
P: ¿Te interesa la poesía?
R: Soy
lector de poesía, pero incapaz de hacer un verso sin ruborizarme, como
quien se mete a robar en un huerto ajeno.
P: ¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
R:
Podría decirte que nunca tengo proyectos, pues se convierten en obras de
inmediato: un par de novelas y algunos cuentos. Lamentablemente, no puedo
adelantar nada, ya que me veo obligado a meterme en concursos para
subsistir, como si la literatura fuese una carrera de fondo en la que gana
el más fuerte. Tengo que claudicar al juego de las competiciones. ¿Qué
parámetros pueden valorar el espíritu creativo y sus íntimas exudaciones,
como sea el buen ánimo, la estulticia y la arbitrariedad ?
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