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Literaturas.com, diciembre, 2011

Miguel Baquero

"Soy lo peor que se puede ser: un escritor libre de ataduras"

Norberto Luis Romero es un escritor de amplísima trayectoria que en estos días acaba de lanzar al mercado su nueva novela, Tierra de bárbaros (Editorial Paréntesis) y asimismo ha reeditado en formato digital una de sus más celebres obras, La noche del zepelín. Un regalo para sus seguidores y, para quienes aún no conocen a este peculiar autor, una magnífica oportunidad de descubrir su estilo único y su inigualable maestría para crear ambientes decadentes, morbosos, en los que, con una inquietante progresión, va poco a poco avecinándose lo terrible…

LITERATURAS.COM: En esta nueva novela, el escenario es tu país natal, Argentina, a comienzos del siglo XIX, al poco tiempo de haber conquistado la independencia…

NORBERTO LUIS ROMERO: Necesitaba volver a mis raíces, y es la primera de mis novelas donde el escenario y la época son reales, o cuanto menos, identificables. El acontecimiento central de la novela, el desvendaje de la momia, sólo podía ocurrir en el siglo XIX, cuando estuvo de moda ese pasatiempo, pero lo que me llevó al período concreto que va desde el primer al segundo mandato de Rosas, año 1835, fue el brutal suceso del asesinato del caudillo Facundo Quiroga. Nunca había tenido que documentarme tanto para escribir una novela, acostumbrado a manejarme en escenarios y tiempos imaginarios; aquí tuve que hacerlo a conciencia, y no fue fácil viviendo a un océano de por medio y casi cuarenta años de ausencia. Argentina y su historia se me hacían casi tan fantásticas como cualquiera de mis anteriores escenarios, pero al comenzar a investigar redescubrí este gran hito, rodeado de unas circunstancias cuanto menos atractivas además de terribles y que en sí mismo, como suceso dramático, resulta absolutamente gore, porque fue una carnicería. No podía dejar de lado esta oportunidad que la historia me daba, tenía que hacer girar la trama alrededor de este acontecimiento. Pero no sólo fueron reto el escenario y la época, también el lenguaje, porque yo hablo y escribo en “argeñol”, un mestizaje que hace que ni uno ni otro sean puros, y que tanto en los lectores de aquí como en los de allí puede generar cierto desconcierto, aunque este mestizaje haya quedado enraizado a partir de los 60 tras el boom y el exilio de muchos escritores latinoamericanos aquí afincados, pero se me presentaba otro inconveniente: ¿cómo hablaba la gente en aquella época?, porque el lenguaje escrito es uno y otro el hablado en la calle. Y me enteré que se hablaba ya como se habla ahora, pero que en la realidad cada uno hablaba como le permitía bien su extracción social, bien sus orígenes criollos, indígenas o extranjeros, etc.

LIT.COM: Se hace referencia a disputas políticas, pero en el trasfondo hay, sobre todo, una tensión entre clases sociales, entre una aristocracia exquisita y ociosa que añora la modernidad europea y una realidad de aventureros trepadores que buscan hacer  fortuna como sea en el Nuevo Mundo…

N.L.R.: Las disputas fueron y son permanentes y en todos los ámbitos de la vida. La tensión entre clases no es novedad y casi siempre es la esencia de las luchas. Luego, la animadversión entre los capitalinos, llamados porteños, y los habitantes de las provincias, el interior, es consecuencia precisamente de aquella época, dominada por los unitarios, partidarios de centralizar el poder en la Capital en detrimento de las provincias, como consecuencia o condicionante, este enfrentamiento se generaliza a todos los estamentos de la vida, y se acentúa con el hecho de la existencia de una variada población que abarca indígenas, esclavos, campesinos, gauchos, malevaje, estancieros, militares, clero, patricios, extranjeros, intelectuales, masones, etc. No sólo debían convivir las diferentes clases sociales, también gente de diversos orígenes y razas. Las disputas son continuas, también las hay entre lo real y lo imaginario, la superstición y la razón, los buenos y los malos; sin estos binomios o arquetipos en lucha y estos antagonismos no existe el drama, no existiría la novela, no existiría la narrativa.

LIT.COM: Para aumentar aún más la tirantez, debajo de todo hay un sustrato compuesto por los primeros pobladores, los indios sometidos que todavía conservan, al menos, el respeto hacia sus difuntos enterrados según ancestrales ritos…

N.L.R. Esto hay que tomarlo con pinzas: la novela, a pesar de su trasfondo histórico, y como lo aclaro en una nota preliminar, es ante todo fantástica. Con esta novela estoy saldando una deuda que tengo con mis orígenes, con mi país, el que me pagó la educación y donde me formé. Los indios que aparecen aquí, al igual que los pueblos que cito, son en gran parte excusa para paliar la añoranza generada después de tantos años fuera. Me he permitido muchas licencias y muchos guiños al lector, guiños e ironías que comprenderán mejor los argentinos. Con los indios me tomé las mayores licencias creativas, su papel es más lúdico que histórico. También es cierto que no dispuse de mucha información y los pensé como un homenaje a mi provincia y a mi pueblo, resaltando el lado más jocoso. Una leyenda atribuye orígenes suecos a los Comechingones, y esto, que parece un disparate, está en la novela en boca de alguien. Cuando yo era niño, los indios formaban parte de la historia y el folclore, se decía que ya no quedaban, y no era cierto, hoy existen numerosas asociaciones indígenas que por fin pueden llevar a cabo sus propias reivindicaciones.

LIT.COM: Una de las características más definibles y atrayentes de tus novelas es la creación de un clima opresivo, asfixiante… Debe de ser muy difícil establecer y mantener esa atmósfera viciada a lo largo de toda la novela, ¿hay alguna técnica, algún método?

N.L.R.: La verdad, no lo sé, no sé si existe un método, en todo caso, yo seguramente tengo herramientas para lograrlo pero no me parecen excepcionales. Siempre me ha sido fácil crear esas atmósferas, ya desde mis primeros cuentos. No conozco todos los mecanismos, seguramente son inconscientes, pero sí puedo decirte que uno de ellos es situarme fuera de la narración, lo más distante posible, como un entomólogo detrás de las lentes, observo, cuento, pero ni emito juicios ni me involucro. También es cierto que utilizo el clima (climatología que dicen ahora) y los meteoros para subrayar ciertas escenas, así como insectos, animales en general, y me valgo de la sensualidad en las descripciones: olores, texturas, sangre, basuras, etc, son elementos recurrentes en mi obra.

LIT.COM: También es de destacar tu gusto por lo tétrico, lo escatológico: los monstruos, por ejemplo, lo repulsivo, lo grotesco…

N.L.R.: Es una de mis formas de transgredir, no sólo la realidad, también las normas establecidas. Soy rebelde por naturaleza y la realidad cotidiana en la que vivo me aburre, una forma de entretenerme es creando estos mundos paralelos donde todo obedece a mi voluntad y capricho. Nada o poco escapa a mis mecanismos de creación. Lo monstruoso, lo repulsivo, lo feo, el lado oscuro de la vida y de las almas está ahí, dormitando o a la luz, yo no hago más que sacarlo fuera, exponerlo vestido con las mejores galas que me son posibles. La fascinación por el monstruo no es nueva, está el inconsciente colectivo, estos representan o proyectan, justamente, todo lo reprobable desde el punto de vista la cultura en la que estemos inmersos en determinado momento y lugar; acciones y pensamientos que perjudiquen la integridad humana son apartados, censurados y castigados. El monstruo es un transgresor, es un ser diferente y asimismo un ser marginado; y los ha habido siempre, lo que pasa es que cambian con la época, cada día son más terribles, más fantásticos, más difíciles de dominar, más sofisticados, pero no más hermosos. También es cierto que ya no asustan, que ya no nos valen para reconducir nuestras acciones ni nuestra conciencia: de haber sido creados para educar han pasado a ser un pasatiempo, una atracción de feria.

LIT.COM: La edición de Tierra de bárbaros coincide, más o menos, en el tiempo con la edición en formato e-book de La noche del zepelín, una de tus mejores novelas.

N.L.R.: Ambas tienen elementos comunes a pesar de estar distantes en el tiempo una de otra: ambas son novelas corales, con muchos personajes, en ambas está presente el grotesco, la magia, las atmósferas opresivas, la monstruosidad y la maldad. Pero si en La noche del zepelín los personajes ejercen la maldad por puro placer, en Tierra de bárbaros lo es por intereses políticos y económicos. Creo que son unos 12 años los que separan ambas novelas, muy diferentes entre sí, más refinada la última, en la que introduzco la ironía y el humor, ambos ausentes en La noche del zepelín, también con numerosos escenarios, con lo cual las atmósferas son más variadas, aunque todas ellas sean opresivas, ya no es una mansión donde se desarrolla el drama, aquí es un país, varias provincias en lucha, incluso pequeños pueblos.

LIT.COM: No deja de ser asombroso que obras de tanta calidad como La noche del zepelín no tengan el reconocimiento que merecen. ¿A qué lo atribuyes?

N.L.R.: Básicamente, cuando adquirí un compromiso con la escritura mi objetivo no fue darme a conocer sino llegar a ser un buen escritor, al margen de ventas, publicaciones y lectores, todos ellos circunstancias ajenas a la calidad de la obra. Este compromiso  lleva implícito que hago lo que quiero, que escribo al margen de gustos o tendencias marcados por los grandes grupos editoriales, de exigencias de mercado o de público, y mi obra no es precisamente de lectura “placentera”, para pasar un rato agradable sin pensar. Además, hay quienes no soportan ese abanico de perversiones que muchas veces expongo con tanta crudeza, pero también con mucho tacto cuando hace falta, porque en el fondo de mi rebeldía, a pesar de mis deseos, soy muy pudoroso. Por otro lado, si bien llevo viviendo en España casi cuarenta años, tiempo en el que, precisamente, hice toda mi obra y sigo haciéndola, me han sorprendido más de una vez excluyéndome del panorama narrativo por ser “Argentino”. Además, no soy joven, ni periodista, ni telegénico, ni deportista, ni modelo ni cantante ni asesino en serie, ni ladrón de guante blanco, ni famoso… soy lo peor que se puede ser: un escritor, un artista libre de ataduras. A esto habría que sumarle el hecho de cultivar el género fantástico, que hasta hace muy poco no tuvo buena consideración en clara desventaja con el secular realismo. También agregaría que reconocidos antolólogos, salvo excepciones, no me han tenido en cuenta, acaso por ignorancia; a tal punto que uno de ellos, a mi pregunta sobre la razón de no haberme incluido nunca en una antología de cuento, me respondió que no sabía de mi existencia. Otro, afirma que salvo Pilar Pedraza, ningún autor español vivo ha publicado en Valdemar novela fantástica, tal vez no conozca mis novelas o piense que son de amor o westerns, o de chalets adosados y la guerra civil. A estas alturas de mi vida y de mi carrera poco me importa ya ser o no reconocido, lo importante es que estoy cumpliendo, paso a paso, con el compromiso que me hice hace años de escribir bien.

LIT.COM: Últimamente se habla mucho, como no podía ser de otra forma, de cómo la crisis ha afectado al libro. Sin embargo, escritores con la trayectoria firme y el estilo consolidado de Norberto Luis Romero no parecen encontrar muchas dificultades para poder seguir dando a conocer su obra.

N.L.R.: Con una larga trayectoria narrativa, tanto de cuento como de novela, en la que jamás tuve una crítica negativa, al contrario, pero también es cierto que me costó años y esfuerzo publicar los primeros libros, y que los de cuentos, principalmente, fueron sistemáticamente rechazados por la preferencia de la novela, hasta hace escasos años, cuando empezó a tener espacio el cuento, anteriormente relegado al ostracismo.

LIT.COM: Al mismo tiempo, tu obra ha sido editada en Estados Unidos, con La llegada del otoño en Constantinopla…

N.L.R.: No exactamente, hace ya unos cuantos años que el libro de cuentos El momento del unicornio fue publicado en EE.UU pero bajo otro nombre, porque el contenido del cuento que da título al libro en español les resulta políticamente incorrecto allí. Y el contrato para La llegada del otoño en Constantinopla lo tuve firmado en el año 1998, pero no apareció hasta el año pasado. En febrero aparecerá una antología de mis cuentos en Italia, y microficción en dos antologías más. La noche del zepelín en estos momentos está siendo traducida al alemán. Me doy por satisfecho cuando a veces son las editoriales quienes me buscan a mí. ¿Puedo con esto decir que estoy llegando a mi meta, que estoy siendo un buen escritor? Yo creo que sí ¿Estoy siento reconocido? No lo sé, y si es así, bienvenido sea. 

 

Emma Roulotte, es usted

Varda Fiszbein

 

Literaturas.com

 

Entrevista del blog del Parra al escritor Norberto Luis Romero

Gianluca Parravicini 

 

Il Parra, blog cultural, bilingüe español/italiano,  y Aragon Liberal, abril, 2008

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con Norberto Luis Romero

Sonia Antón Ríos www.calidospio.net Sobre la creación artística, enero 2007

 

A pesar de que lleva más de media vida viviendo en España y de que su obra literaria se ha desarrollado aquí, es curioso ver cómo un escritor como Norberto Luis Romero (Córdoba, Argentina, 1951) es casi más conocido fuera que dentro de nuestras fronteras. Paradójicas contradicciones que tiene este oficio nos vemos abocados a  pensar, porque si no, no se entiende que ande más cerca del la nómina de autores "por descubrir" que de la de autores consagrados.
      Norberto Luis Romero, de oficio: escritor, fabulador, narrador, inventor de historias, personajes, atmósferas, comienzos, nudos y desenlaces. Así de fácil resulta hablar de él, claro, porque lo bellamente complicado del oficio viene después, una vez sumergidos entre las páginas de sus libros. La sencillez nunca estuvo hecha para Norberto, y damos gracias. Maestro del ambiente  y de la riqueza de matices y detalles. Sus personajes son redondos pero llenos de aristas y características singulares, la complejidad real del mundo, los apuestos que conviven, la astucia, la inocencia, lo bueno y lo malo.
       Isla de sirenas (Valdemar, 2002) es un libro que representa bien el universo literario de Norberto y esa querencia suya, en muchas ocasiones, por la novela de ficción-fantástica; la acción se sitúa en una isla, conocida por haber sido prisión y patíbulo, donde dos gemelos con una relación muy estrecha viven con sus abuelos. Un ambiente claustrofóbico, propio de novela gótica, está presente en todo momento. Un buen espacio en el que descubrir los secretos más oscuros de la familia.
     Las relaciones personales, siempre difíciles y, más allá, los triángulos amorosos que tanto juego dan argumentalmente siempre están en su obra, como en Ceremonia de máscaras (Leartes, 2003). En ese rico universo también participa la intriga, el misterio, algunas veces apoyado en le género negro como en Bajo el signo de Aries (Egales, 2005); ¿qué mejor que intentar descubrir la solución a un asesinato en un barrio marginal para que afloren las trabas personales de los investigadores?
Pero no sólo por sus novelas es conocido Norberto Luis Romero, si no también por sus cuentos, publicados en infinidad de revistas y antologías. Así nos atrevemos a decir que es un excelente heredero de la mejor tradición cuentística.

     ¿Existe la inspiración? ¿Se busca o le encuentra a uno?
     Existe cuando se la busca trabajando.

     Realmente, ¿Es necesario, como decía Picasso, que la inspiración le pille a uno trabajando?
     Mejor es pillarla a ella.

     ¿Está ya todo inventado?
En absoluto.

    ¿Cree determinante el espacio y el tiempo? ¿Tiene usted algún lugar y horario preferente para la labor creadora? ¿Alguna manía?
     No son determinantes estas coordenadas, pero personalmente prefiero escribir en las cafeterías por la mañana.

     ¿Cómo se superan las dudas?
     Trabajando.

     ¿Escribir es decidir?
     Continuamente.

     ¿Cómo definiría el acto de la escritura?
     Es Como un sentimiento amoroso.

     ¿Cuál es su estado de ánimo óptimo para trabajar?
     El de cualquiera que hace lo que le gusta realmente.

     ¿Nos podría describir su lugar de trabajo?
     Un ordenador y un café, conexión a Internet permanente.

     ¿Lleva siempre encima una libreta para notas?
     Casi siempre, y si no, cualquier papel vale.

     ¿Cómo es su proceso creativo? ¿Qué le surge antes: el tema, los personajes, el espacio, el tiempo…?
     No es siempre igual, pero a menudo surge como una imagen o una atmósfera.

     ¿Cómo se libera uno de los personajes creados?
     Matándolos, resolviéndolos correctamente, olvidándolos o poniéndolos en más de una obra.

     ¿Qué valoración da a la corrección?
     A la corrección política, ninguna, a la corrección gramatical, toda.

     Una vez terminado, ¿cómo se enfrenta a las críticas?
     Según sean éstas, pero por lo general muy bien.

     ¿Cuál es ese libro que habría disfrutado escribiendo?

       Las ciudades invisibles.

 

Miguel Baquero, para Literaturas.com, diciembre, 2004

 

"Me siento injustamente ignorado"

En unos tiempos como estos, en los que tanto abunda el engreimiento en los escritores y la chapuza en la redacción, resulta extraño encontrarse con un autor como Norberto Luis Romero. Norberto es un novelista, lo cual suena sencillo, pero a la vez complicado. «Complicado» porque Norberto, al contrario que muchos, es un escritor preocupado por la calidad de su obra literaria y por lo que podríamos llamar «técnica» de la narración. Uno podría pasarse horas enteras hablando con él (mejor, oyéndole hablar) sobre puntos de vista, sobre tonos de la narración, sobre el ritmo, sobre la coda, sobre el modo de construir los personajes, sobre la importancia de las ambientaciones... sobre, en fin, el arte de construir correctamente una historia. Hoy día, cuando muchos creen que novelar consiste básicamente en ponerse a contar cosas, es gratificante encontrarse con un escritor como Norberto que defiende de palabra, pero sobre todo de acción, en sus novelas, el trabajo bien hecho, la historia bien planteada, la literatura bien resuelta. Que emplea la buena y vieja técnica sin caer en el mecanicismo ni en la frialdad.

Y novelista, al referirse a Norberto, suena a la vez «sencillo» porque, pese a que bien podría hacerlo, no se trata de uno de esos autores fatuos que se tornan solemnes y rimbombantes para hablar de sus novelas, o que lucen con ridícula pompa la categoría de «escritor». Muy al contrario, Norberto muestra su obra con legítimo orgullo, pero sin caer en la propaganda de sí mismo, seguro de lo que ha hecho, pero sin perder nunca el sentido del humor y la distancia crítica.

Tal vez por todas estas raras cualidades —la calidad y la ambición en lo esencial, unidas a la modestia en lo accesorio— es que Norberto Luis Romero constituye una «rara avis» dentro del panorama literario en castellano, un escritor al que merece la pena descubrir, porque, curiosamente, todos aquellos que lo han hecho se han manteniéndose fieles a su escritura, como demuestran los diversos grupos de admiradores de su obra que le han convertido prácticamente en un autor de culto, aunque imagino que a él, en su justa humildad, no le gustará esta expresión.

Norberto L.  Romero: Me resulta bastante indiferente cómo me cataloguen. Por lo general estos adjetivos pecan siempre de injustos y sobre todo de innecesarios, cuando no de efímeros; se me llama autor de culto, autor maldito, perverso, cuando creo que únicamente existen dos categorías de autores: los buenos y los malos; pero si debo involucrarme necesariamente en una de ellas, diría que me considero, por sobre todo, un autor injustamente ignorado frente a una inmensa mayoría de sobrevalorados.

Literaturas.com: Norberto Luis Romero nace en Córdoba (Argentina) en 1951 y, después de varios libros de cuentos, se lanza a la novela en 1997 con “Signos de descomposición” , una obra magnífica y redonda. ¿La novela supone para ti la culminación de tu época «cuentista», un escalón superior para el que te fueron preparando los cientos de relatos escritos con anterioridad?

Norberto L. Romero: No, de ninguna manera. Si la novela fuera un escalón superior y los relatos meros ejercicios para llegar a esta culminación a la que algún crítico cuyo nombre prefiero olvidar, tuvo en su día el coraje y desatino de llamar “género mayor”, cuentistas como Borges, Poe, Quiroga, etc., y otros cientos habrían sido, evidentemente, autores inferiores. ¿Es superior un haiku a un soneto? Lo más lamentable es que hay gente, escritores y críticos que siguen convencidos de que el cuento es un género menor, el hijo bastardo de la narrativa.

Literaturas.com: En “Signos de descomposición” aparecen muchos elementos que, posteriormente, constituirán una constante en tu obra novelística. Uno de ellos es el ambiente opresivo, claustrofóbico, enfermizamente cerrado sobre sí mismo...

Norberto L. Romero: Sí, será que yo aparento ser lo que no soy (ríe). Tengo mucho sentido del humor y soy muy simpático, pero algo me hace suponer que mi interior es oscuro y el humor lo dejo para sobrellevar la vida real y no perecer en sus fauces, y en mi narrativa me muestro como verdaderamente soy, acaso alguien cuya historia personal no es precisamente luminosa.

Literaturas.com: Tanto “Signos de descomposición” , tu primera novela, como “La noche del zepelín” , “Isla de sirenas” o “Ceremonia de máscaras” , tus novelas posteriores hasta la fecha, se desarrollan en unos mundos que, al principio de la narración, se presentan sujetos precariamente sobre un vórtice, hasta que de pronto irrumpe la figura de un extraño llamado a trastocarlo todo...

Norberto L. Romero: Claro, es justamente lo que te decía. La felicidad en la infancia es una funambulista atravesando una cuerda muy precaria y delgada, sobre todo cuando se cierne sobre tu historia personal un rosario de agonías y muertes, y tu niñez y adolescencia se derrumban. Ese intruso, el gran intruso en nuestras vidas es la muerte.

Literaturas.com: Se podría decir, pues, que tus novelas son la historia ilustrada de una catástrofe, el desplome de las falsedades y las mentiras por conveniencia.

Norberto L. Romero : Es el desplome total de todo cuanto nos rodea, de todo en cuanto creemos, de los valores que forman el andamiaje ético y moral de nuestra vida como seres sociales. Es la conciencia de la verdad, de la descarnada realidad ante la que cerramos los ojos, la misma de saturamos con eufemismos para pasar a su lado tangencialmente, la misma que cubrimos con el nefasto barniz de la corrección política. Porque tenemos miedo a enfrentarnos con nuestra propia verdad y la ajena.

Literaturas.com: Me ha llamado mucho la atención el magnífico modo en que ambientas tus historias, ya que, aunque situadas en un tiempo y un lugar concreto, logras que parezcan espacios oníricos, irreales...

Norberto L. Romero: Bueno, yo soy el menos indicado para hacer una crítica o un análisis de mi obra. Sospecho que esos espacios oníricos e irreales son, por un lado, una pretensión mía de otorgar a una novela o un cuento un tiempo y un espacio lo suficientemente ambiguos como para alejarlos de la circunstancia. Creo que es una forma de darles mayor universalidad, una forma de hacerlos perdurables. Ya sé que es una perogrullada, porque la perdurabilidad de una obra literaria depende de su calidad y no de su paisaje, pero bueno, a mí me ayuda a creer que así voy a pasar a la posteridad (ríe). Por otro lado, me llevo muy mal con la realidad, y ella muy mal conmigo. Nos odiamos y yo hago como si no existiera, prefiero mis propios mundos, porque aunque crueles y dolorosos soy yo quien los manejo y no ellos a mí… bueno, no siempre.

Literaturas.com: En tus novelas las pasiones aparecen soterradas, a punto de ebullición, pero no acaban de explotar, con lo que logras mantener la tensión durante todo el libro. Supongo que esto será lo más difícil de conseguir en tus novelas, esa constante tirantez, esa amenaza inminente...

Norberto L. Romero: Lo hablaba hace poco con un lector mío que descubrí casualmente en uno de esos foros de Internet en los que jamás entro, porque un lector le exponía a otro una duda respecto de “Isla de sirenas” . Le decía que el secreto de la literatura, y de todo el arte en general, es no decir jamás las cosas directamente sino sugerirlas, bordearlas, esconderlas dentro de otras. Con la tensión ocurre lo mismo, el arte es generarla y mantenerla de manera creciente a lo largo de toda la narración y hacer que estallen no en los personajes, sino en el alma o la conciencia del lector. Son los lectores los que deben padecer el drama, no los personajes, éstos son meros transmisores. Te confieso que cuando escribo soy un sádico, voy estructurando los elementos como para hacer sufrir al lector. ¿No voy a padecer yo solo, no? (ríe)

Literaturas.com: Hablemos un poco del lenguaje. Podría abrir cualquier página de tus novelas para obtener una frase con que demostrar tu estilo elegante y cuidado. ¿Qué importancia le das al estilo literario?

Norberto L. Romero: Yo no podría decirte qué es exactamente un estilo literario , y menos aún cuál es el mío; poniendo un ejemplo bastante soez, podría decirte que suele ser tan inconfundible como el propio olor a transpiración. Sabes que en una reunión eres tú el que huele y te mueres de vergüenza, pero no puedes evitarlo: es una seña de identidad. Mi preocupación por poner tanto cuidado viene de mi dislexia, que me hace confundirlo todo, invertir las palabras, confundir la d con la b . Vamos, que esa elegancia de mi estilo es consecuencia de mi propia torpeza, o de los intentos por superarla.

Literaturas.com: En esto del lenguaje, como en todo, suele haber dos extremos: los que defienden un lenguaje meramente funcional, conciso, una prosa de bisturí, y los que gustan encontrarse de vez en cuando con rasgos preciosistas. ¿Entiendo que tú estás por esto último?

Norberto L. Romero: Siendo como soy un admirador de Borges y Cortazar, creo que la respuesta es bastante obvia, aunque hay veces que la acción, los personajes, el género que toques o la atmósfera te exijan matizar la prosa de bisturí con algún que otro florilegio. ¿No te parece esta última una palabra espantosamente horrible a estas alturas? Y aunque no me lo preguntes y sabiendo que arrojo piedras sobre mi propio tejado, te diré que una gran cantidad de autores españoles pecan de estos florilegios.

Literaturas.com: Por último, ¿cuáles son tus proyectos literarios? ¿Estás trabajando en una nueva novela?

Norberto L. Romero: Tengo períodos de vagancia que alterno con otros más fructíferos. Acabo de terminar una novela llamada “Bajo el signo de Aries” , que es una especie de thriller con personajes gays y, por supuesto como es de esperar de mi retorcido cerebro, con un final bastante perverso. Y en estos momentos estoy entusiasmado con una novela de infancia y adolescencia (es la señal de que ya estoy hecho un viejo), donde, por supuesto, habrá elementos fantásticos que me permitan evadirme de esta realidad tan detestable y falsa que me hace sufrir tanto y ganar tan poco dinero (risas). Simultáneamente trabajo en algún cuento, que es como interrumpir la factura del collar para centrarte en el placer de pulir una perla.

Hasta aquí la entrevista con Norberto Luis Romero, un autor digno de leer, desde luego, pero sobre todo digno de escuchar, porque realmente resulta un placer, llegados a este punto, apagar la grabadora, pedir otro café y seguir conversando con él, tranquilamente, sobre literatura...

 

Vicente Munóz Álvarez, para La Mirada, suplemento literario, Sevilla, 1997

NORBERTO LUIS ROMERO: EL LADO OSCURO DE LA REALIDAD

Leer en alemán

La vida aguarda silente y quieta entre mis heces

el momento oportuno para proseguir su rutinario

 e implacable círculo de destrucción.

            N. L. Romero. Signos de descomposición.

Autor de tres libros de cuentos y una novela, ganador de importantes premios literarios y colaborador de las más prestigiosas antologías y revistas americanas y españolas dedicadas al relato breve, Norberto Luis Romero ( Córdoba, Argentina, 1951 ) es casi un escritor oculto, un magnífico escritor de cuentos que, debido a intereses exclusivamente editoriales y a la discriminación que respecto a la novela sufre este género en nuestro país, no ha sido valorado aún en su justa medida.

Sólo con la publicación de su primera novela: Signos de descomposición (Valdemar, 1997), parece  haberse roto en parte esa maldición de olvido que pesaba sobre sus anteriores libros.

Supongo que fue sólo el azar (teniendo en cuenta el volumen incalculable de títulos amontonados en las librerías) quien puso en mis manos ese libro terrible y hermoso que es Signos de descomposición, una de las novelas más desasosegantes y arriesgadas de  la última década, y quien despertó mi interés por la literatura de Norberto. Como también supongo que fue sólo el azar quien, de la mano de nuestro  amigo José Boix, me puso luego en contacto con él, permitiéndome así conocer en profundidad su obra.

No creo equivocarme (y espero que el tiempo me dé la razón) al afirmar que nos encontramos ante uno de los más brillantes escritores de relatos breves que ha dado la lengua española en los últimos tiempos, heredero de la tradición de Cortázar y Borges, pero poseedor de un universo exclusivo de obsesiones que han encontrado cauce en joyas indiscutibles del género como son Diario del taxidermista, Ritual de los espías, La captura y muchas otras de las narraciones que contienen sus tres libros de cuentos.

En todos ellos, con una densidad de estilo que atrapa de inmediato al lector, Norberto desplaza los límites de la realidad cotidiana hacia espacios más oscuros y asfixiantes donde un fatalismo casi espectral parece impulsar las acciones de sus protagonistas. Se traslada así el sentido inicial de lo aparente hacia infiernos del alma donde el primer enemigo es uno mismo, esa galería de fantasmas que llevamos todos dentro y que encuentra los más asombrosos modos de manifestarse al exterior, a ese otro espacio que el autor llama lado diáfano de la vigilia y que, no por tal, está libre de sufrir un brusco giro.

Todo lo cual ha sido administrado con mano si cabe aún más certera en su primera (y casi impuesta) novela, Signos de descomposición, un documento aterrador sobre el fracaso y la falta de fe, que ahonda en los abismos más tétricos y oscuros del ser humano y que confirma a Norberto Luis Romero como uno de los más inquietantes escritores de ficción vivos de nuestro país.

La presente entrevista aborda, además de otras cuestiones, la problemática del menosprecio editorial que sufren en la actualidad los libros de cuentos, y algunas de las claves básicas para entender la obra de este imprescindible escritor.

P: De tus cuatro libros editados, Norberto,  tres son de relatos breves, género un tanto infravalorado en este país. ¿A qué crees que es debido este rechazo?

R: A la falta de tradición en el género y a la soberbia de algunos críticos y escritores que no se cortan un pelo a la hora de catalogarlo como un género menor, o paso previo a la novela, a la que llaman género mayor. Esto me parece una perogrullada que permite deducir que Borges, y tantos otros que en su vida escribieron una novela, son escritores menores. En España se tiende a catalogar, a poner rótulos y a encasillar, y en nombre del falso patrimonio de una lengua y de una trayectoria gloriosa en la historia se pueden enunciar barbaridades de este calibre.

P: ¿Es más difícil escribir una novela que un libro de cuentos? ¿Por qué crees que se valora más lo primero?

R: Es tan difícil un género como otro. Yo abogo por la confusión de géneros. O, si prefieres, por la libertad de expresión en moldes acordes a las necesidades del escritor y no de las editoriales y el mercado. Evidentemente, las dificultades no estriban en la cantidad de folios, sino en la intensidad de la narración y en la honestidad del autor.

P: Tu primer libro: Transgresiones (I Premio Noega), se publicó en 1983.

¿Qué sucedió hasta Canción de cuna para una mosca doméstica (Premio Tiflos de cuento), publicado diez años después?

            R: Son años que pasé escribiendo, gastando dinero y tiempo en mendigar por las editoriales… Las respuestas eran siempre las mismas: elogiosas, pero que les enviara una novela. Únicamente las pequeñas editoriales se interesaban por mi obra, pero no tenían dinero. Durante esos años no dejé de publicar cuentos en E.E.U.U. y Canadá, en revistas literarias. Los criterios de selección en estos países son distintos: sólo juzgan la calidad.

P: A menudo tratas la deformidad física en tus cuentos, la degradación moral, el horror genético. ¿Por qué ese interés por lo deforme como recurso literario?

R: No es, a mi juicio, un recurso literario; es así como percibo la realidad, que posteriormente transformo en recurso por medio del oficio y la técnica. El lado diáfano de la vigilia ( término que prefiero ) no me interesa, no lo creo poseedor de una riqueza de matices que permitan superar al naturalismo y trascenderlo a lo fantástico, que es otra manera de hacer hiperrealismo.

P: Tu tercer libro, El momento del unicornio, contiene, en mi opinión, algunos de los mejores relatos que se han escrito últimamente en este país, cuentos tan delirantes  como Francotiradores, Ritual de los espías, Diario del taxidermista o La captura, que arrastran al lector a infiernos del alma muy poco explorados. ¿Qué tipo de reacción quieres provocar con esos relatos?

R: Nunca me propuse ( hasta Signos de Descomposición ), provocar nada ni a nadie: cuando escribo lo hago pensando en lo que a mí me gustaría leer. En Signos ocurrió algo distinto: a medida que iba elaborando la novela me fui convirtiendo en un sádico consciente de los mecanismos que estaba empleando para provocar sufrimiento, claustrofobia e impotencia. Disfruté mucho escribiéndola, porque creo que en el fondo con ella me estoy vengando de todos aquellos que me pidieron una novela. Aquí la tienen, ¿  y ahora qué ? Bueno, en la próxima seré menos despiadado y más comercial. Ahora me siento en paz. Lamento que la vendetta haya caído sobre esos dos locos lindos que son Valdemar, los únicos que se atrevieron.

P: ¿Qué simbolizan para ti las turbias riquezas del relato titulado Joyas, uno de los más desasosegantes que incluye ese libro?

R: Un autor no es siempre consciente de lo que simboliza en su obra, generalmente son los críticos quienes se encargan de reflotar los símbolos ocultos. Pero está claro que es una especie de subversión de valores, que no son las apariencias lo que vale, que en la mierda se pueden hallar incalculables joyas.

P: ¿Qué tipo de literatura y de autores han influido más en tu formación y en tu escritura?

R: No creo demasiado en eso de las influencias. Sí reconozco que Borges me abrió los cielos de la prosa y Cortázar me descubrió que no hace falta un tema trascendental para hacer una obra trascendental, sino arte y oficio. De todas maneras, cuando se balbucea se hace con palabras prestadas, hasta que uno encuentra su propia voz, que es la suma de la propia y las de los que le precedieron. Muy Borgesiano, ¿ no ?

P: ¿Qué ha significado para ti Signos de descomposición? ¿En qué tipo o género de novela la encuadrarías?

R: Una meta cumplida con alegría y éxito. No me preocupa encuadrarla en un género que podría cabalgar entre una novela de Genet, otra de Roland Topor y Las Confesiones de San Agustín.

P:  Como muchos de tus cuentos, esa novela se desarrolla en espacios cerrados y opresivos, claustrofóbicos. ¿Por qué sitúas a menudo a tus personajes en esos  contextos?

R: Mis contextos literarios responden a mis contextos interiores. Supongo que cualquier psicólogo podría explicarlo mejor. Yo también, pero prefiero no hacerlo.

P: ¿Qué entiendes por ética y estética de la escatología, término que tú mismo  empleaste en una ocasión?

R: Para empezar, la escatología en nuestra cultura está estrechamente ligada a la moral, y por lo tanto, según el uso que se haga de ella, tendrá su ética; y en la medida en que sea considerada un instrumento más, un componente de esos valores y no se convierta en un fin en sí misma, tendrá también su estética. El uso que se hace de ella en la historia ha variado según los parámetros culturales y morales vigentes: La comedia del arte la reivindicó como instrumento de humor, nosotros, actualmente, la condenamos y le atribuimos valores negativos per se, que en su estado puro no tiene. Y también hay un resurgimiento como reacción a cierto desencanto generalizado y finisecular o milenarista, pero que no suele ir más allá de la provocación.

P: ¿Crees, como Wilde, que el artista tiene derecho a explorarlo todo?

 R: No sólo tiene derecho, como todo el mundo, sino que puede tener o no necesidad de hacerlo. Incursiono en mis propios abismos y, como siempre quise ser entomólogo, exploro con microscopio a los demás y leo entre líneas.

P: ¿Qué opinas de la narrativa joven española? ¿Y de las revistas de literatura alternativas? ¿Crees que ayudan a impulsar a los nuevos creadores?

R: Insisto en que huyo de las etiquetas. Son un invento de las editoriales. La narrativa, como la poesía, no es un asunto de edad cronológica sino de edad mental, y no la divido en joven y vieja ( existe una especie de gerontofobia general que nos convierte en materia prima para Placton Verde ), sino en buena y mala. Truman Capote escribió su primera novela con veintiún años, creo que Carson McCullers también, a los veintidós… La verdad, todo este asunto de narradores jóvenes, caníbales, urbanos, generación X, etc., me cansa y aburre. O se es un escritor o se es un dominguero.

P: ¿Es fácil publicar en este país? Comenta un poco tu experiencia al respecto.

R: Es difícil pero no imposible. Mi experiencia, mi maldición como cuentista, fue un calvario hasta llegar a Nobel y a Valdemar. Pero estos señores son Rara Avis dentro del zoo de editoriales poblado de voraces felinos.

P: ¿Qué opinas de los sectarismos, las capillas literarias, la mafia editorial, los agentes literarios, los padrinos, los concursos, los apaños y todas esas pequeñas turbulencias de la vida literaria de nuestro país?

R: Que en países como E.E.U.U. no existen, o al menos no son tan notorias y feroces. El amiguismo ( es menos duro y más justo que mafia ), es parte de la idiosincrasia latina.

P: ¿Te interesa la poesía?

R: Soy lector de poesía, pero incapaz de hacer un verso sin ruborizarme, como quien se mete a robar en un huerto ajeno.

P:  ¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

R: Podría decirte que nunca tengo proyectos, pues se convierten en obras de inmediato: un par de novelas y algunos cuentos. Lamentablemente, no puedo adelantar nada, ya que me veo obligado a meterme en concursos para subsistir, como si la literatura fuese una carrera de fondo en la que gana el más fuerte. Tengo que claudicar al juego de las competiciones. ¿Qué parámetros pueden valorar el espíritu creativo y sus íntimas exudaciones, como sea el buen ánimo, la estulticia y la arbitrariedad ?