En aquella competición tenía que bajar del minuto. Para mí era un reto y
un hecho vergonzante. Casi todos los compañeros de mi equipo de mi edad ya
habían superado esa barrera. Algunos menores que yo también lo habían
conseguido. Llegué a creer que tenía que ver con el tamaño de los
músculos. Jorge y Álvaro, de mi misma edad los tenían muy marcados; unos
músculos en condiciones. Yo, cuando me miraba al espejo, veía los míos en
el mismo lugar, pero más alargados, menos definidos. Quería obtener el
mismo volumen y no entendía como, entrenando las mismas horas y los mismos
kilómetros, haciendo los mismos ejercicios en el gimnasio, podíamos tener
músculos tan diferentes.
El entrenador me sacó una foto.
-
La foto del día en el que bajaste del minuto.
No tenía claro cómo era la cuestión: obtendría unos
músculos como los de mis compañeros en el mismo momento en el que bajara
del minuto, o si sólo superaría la barrera del minuto teniendo esos
músculos.
Sonreí sin ganas. A veces pensaba que se
mofaban de mí. Que no era tan bueno como me decían y que y que sólo me lo
decían para mantenerme en el equipo y seguir riéndose de mí. Ni siquiera
sabía exactamente por qué nadaba; mi madre me había inscrito hacía muchos
años y yo no había hecho nada por rebelarme. Estaba allí, no era malo del
todo; pues allí me quedaba. Sin pensar en que podría haber algo mejor.
En el agua estaban nadando las chicas. Agurtxane iba
la primera. El entrenador se había olvidado de mi foto, de mi record
personal y de cualquier cosa que tuviera que ver conmigo. Junto con el
resto del equipo animaba, moviendo los brazos en el aire, hacia delante y
hacia atrás, y gritando al tiempo que Agurtxane sacaba la cabeza del agua.
Me quedé solo, sentado en el banco de piedra, rodeado de mochilas,
toallas, bañadores mojados, amontonados de forma desordenada, y un olor a
cloro que me enrojecía los ojos.
Mejor; así podría guardarme el bañador de Iván sin
que nadie se diera cuenta, para después poder probármelo ante el espejo y
sentirme un poco como él.
Arriba, en las gradas, estaban mis padres,
orgullosos de mí. Me habían obligado a colgar las medallas en mi
habitación, sobre el ordenador, y se las enseñaban a cualquiera que fuese
a casa como si se trataran de sus propios trofeos. Mi madre me saludó con
la mano. Le respondí de la misma forma. Mi padre no me miró; estaba
demasiado concentrado en el tiempo de Agurtxane, como si su resultado
fuera a cambiar el rumbo del mundo.
1.12.56., señaló el marcador electrónico. Ella no
tenía la presión de la barrera del minuto. Daba igual que hiciera 1.12.56.
que 1.13.57. Siempre llegaba la primera y le felicitaban hiciera el tiempo
que hiciera. Era el precio de ser el campeón: sólo por eso te felicitaban,
sin importar la marca que hicieras.
Mi entrenador empezó a dar saltos de alegría y a
frotarse las orejas con las manos. No entendía a ese hombre. Se emocionaba
más con los triunfos, que los propios nadadores, que nuestros propios
padres. Se pasaba todas las tardes, luchando con(tra) nosotros a cambio de
nada, ni siquiera cobraba nada por sus esfuerzos. Era antipático,
rechoncho y con pelo en la espalda. Creo que me fijaba en sus defectos
para no cogerle cariño
Comenzaron las series de los chicos.
Primero los peores. Yo también había sido de esos. De los que nadaban en
la primera serie: al principio siempre se me caían las gafas, me entraba
agua en la nariz o hacía un tiempo tan horriblemente malo [1.39.47.] que
el público, mis padres incluidos, se aburrían de esperarme.
Pero ahora estaba a punto de bajar del minuto. Me lo
había dicho mi padre en casa: “Si bajas del minuto te compramos una
bici.”; mi entrenador: “La foto del día en el que bajas del minuto.”; mi
amigo Luis, que hacia 1.03.50., pero tenía unos músculos increíbles: “si
bajas del minuto estarás en la mejor serie”. Pero yo no estaba seguro: o
no tenía los músculos necesarios o no habían cambiado de la forma
correcta. Además había oído como le decía el médico a mi madre que yo era
de músculos largos y que no me iba a desarrollar como el resto de los
niños.
Nadaba en la segunda mejor serie. Tenía 1.00.03. Si
bajaba del minuto podría, aunque tampoco era seguro, nadar en la mejor
serie, junto con Jorge, Álvaro y todos sus músculos. Pero no estaba nada
seguro de poder hacerlo. Tenía la impresión de que iba a quedarme en esa
frontera para siempre.
“Siempre hay que calentar antes de nadar. Es muy
importante”, me decía el entrenador. Pero no me enseñaba como hacerlo.
Había copiado los movimientos de mis compañeros mayores. Me fijaba
especialmente en Iñaki. Tenía seis años más que yo y estaba apunto de ir a
la Olimpiadas. Era rubio y también tenía los músculos largos. Pero no los
tenía como yo; los suyos eran bonitos, no tenían ni punto de comparación.
Se lo había oído decir a Agurtxane y a otras chicas. “Tiene un cuerpo
perfecto”, “Es tan guapo y tan simpático”. Memoricé todos los movimientos
de su calentamiento: como estiraba sus brazos por encima de la cabeza y
por detrás de las espalda, como daba saltitos sobre la punta de los pies,
como hacia temblar sus piernas. Más que como Jorge y Álvaro quería se como
Iñaki y que mis músculos, más que grandes, fueran bonitos. Pero para eso
tenía que bajar del minuto. O no. La verdad es que no lo tenía demasiado
claro.
Calenté y terminé justo a tiempo. Nadaba en la mejor
calle de la serie; en la cuatro, en el centro. Me sentía extraño. A mi
lado había niños de mi edad que tenían peor tiempo que yo. No era ser lo
mismo ser el mejor de la segunda serie que el peor de la primera. Pensé,
por un momento en no bajar del minuto para ser el mejor de algo. “Si bajas
del minuto estarás en la mejor serie”, que estuviera en la peor calle era
algo que nadie me decía. Definitivamente cambiar de serie era mejor.
Me quité el chándal y me puse las gafas. No tenía
que cometer ningún fallo. Sentía la mirada de mis padres en mi nuca, la
tensión de la mano de mi entrenador sobre el cronómetro, el leve interés
de mis compañeros de equipo, los nervios de mis compañeros que también
querían pasar a la mejor serie.
Pero yo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo;
demasiado concentrado. Sabía que solo podía lograrlo con tranquilidad. Y
que quería lograrlo, que en ese momento de mi vida no había otra cosa que
pudiera interesarme. Estaba allí, a la orilla de esa piscina para
lograrlo, para pasar a la historia de mi historia, por haber bajado del
minuto.
-
piiiiiiiiiiiii.
Limpié el podium y ascendí a él. Me agaché y relajé
los brazos. Escuché, entre otros gritos, aquellos con los que mi
entrenador y mis compañeros me animaban.
-
¡Preparados!
Me agarré a la base del podium y tensé todos los
músculos (largos) del cuerpo.
-
piiiiiiiiii
Me impulsé hacia delante y me
estiré, en el aire, todo lo que pude. Me sumergí en el agua, sintiendo
como el frescor del agua me impulsaba hacia delante.
[del libro de cuentos inédito
Blues]
LA LENTA VUELTA
Salgo
de trabajar.
Lo último que me apetece es
volver a casa.
Encerrarme en cuatro paredes
blancas.
Entro en el parque.
Me siento en un banco.
No hago nada.
Estoy sentado allí.
La sombra de un álamo se mueve
hacia los lados.
Con suavidad.
De forma que nunca estoy
siempre al sol, pero tampoco en la sombra.
Un perro se acerca. Huele mi
pie descalzo.
Alargo la mano y lo acaricio.
Noto que le agrada. Continuo.
Me miran sus ojillos negros.
Si pudiera me sonreiría.
Sonrío.
Oye el silbido de su dueño y
escapa.
Solo.
Sentado en el banco.
Sin hacer nada.
Me levanto
Las farolas empiezan a
encenderse.
Camino.
Caminantes solitarios. Parejas
amarradas por la cintura.
Me acodo en una barandilla. Un
pequeño lago artificial.
Recuerdo una historia.
Veo [creo ver] mi reflejo en el
agua limpia.
Veo una sombra verdosa.
Rehago el camino andado.
Dejo atrás el parque.
Vuelvo a casa.
Sin ganas.
Debo dormir, descansar.
Volver a empezar.
[del poemario inédito
Alrededores]