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En la habitación "Patricia Highsmith" se hospeda Javier Marjalizo
 

 

Javier Marjalizo lloró cabeza abajo por primera vez en Madrid una mañana del 6 de marzo de hace casi 28 años. Durante una película del oeste un sábado por la noche comenzó a protestar por los tiros y vio la luz de este mundo a las cinco y media de la mañana, como casi todos pensó que mejor se estaba dentro.
     Debido a su gran afición lectora y pasión de escritor novel no duda en plasmar en papel cualquier pensamiento que pasa por su cabeza y del que pueda sacar una historia o algún que otro poema.
     Ha ganado diversos certámenes literarios en modalidades de relato corto y poesía. No descarta comenzar a batallar por ver publicado su primer conjunto de relatos. Batalla larga y ardua pero en la que intentará salir victorioso.

 

 

 

 

El café eterno

Miraba su capuccino, todavía caliente y humeante. Seguía las pequeñas columnitas de humo hasta que se perdían en el ambiente viciado de aquel café. Viciado por el humo de cigarros y algún que otro puro, humo desagradable, pero que le daba al lugar un toque especial.

Con su suelo de madera que crujía a cada pisada como si fuera a quebrarse en cualquier momento, era el mejor sitio de la ciudad para perderse. Tenía mucho encanto, con mesas de mármol y patas de hierro que se veían intimidadas por cuatro sillas de madera marrón oscuro, como las de principio de siglo. Una vez dentro te sentías en otra época, sólo la música chillout te recordaba dónde estabas.

Las paredes eran de un tono amarillo pergamino. Se parecían a los mapas antiguos que indicaban con una marca el lugar donde se escondía un fabuloso tesoro. Solo que allí no había ninguna marca, cualquier sitio era un tesoro a los sentidos. Esas paredes, que se negaban a permanecer desnudas y que agradecidas recogían bellos cuadros y fotos de escritores, escritores a los que él deseaba parecerse.

Bebió su café, ya frío y sin columnitas de humo. Había pasado el tiempo sin que él se diera cuenta, tenía la costumbre de abstraerse cuando pensaba y perdía la noción del tiempo.

Esta vez tenía mucho en lo que pensar y mucho de lo que evadirse. Recordaba lo rápido que había pasado su último año, apenas podía creer que ya estuviera casi en diciembre. Él, acostumbrado a esperar lo peor de todo para no sorprenderse con las adversidades y alegrarse mucho por cualquier nimiedad que pareciese buena, se sentía feliz de ver pasar otro año más en su corta vida sin grandes percances.

Decidió irse, pero no lo hizo, le traía demasiados recuerdos, casi todos malos, pero aún así continuaban sus visitas a las seis de la tarde, continuaba pidiendo el mismo capuccino, continuaba sentándose en la misma mesa que por alguna extraña razón, quizá el destino, siempre estaba vacía.

Era una relación, como a él le gustaba decirlo, de amor-odio entre él y ese lugar, no quería ir allí, pero al final siempre acababa sentándose en la misma mesa a las seis de la tarde y con un capuccino entre sus manos.

Recogió sus cosas para levantarse, pero no lo hizo, no podía evitarlo, tras el primer sorbo recordaba los momentos que había pasado allí. Recordaba la primera vez que entró, cuando le pareció imposible que pudiera encontrar un café así en aquella zona, parecía un faro en mitad de la niebla, un oasis en el desierto. Pronto comenzó a convertirse en costumbre y, al cabo de un mes, ya era un asiduo visitante.

Resultaba curioso, a las seis de la tarde todas las mesas estaban ocupadas con parejas acarameladas o grupos de estudiantes que disertaban sobre las clases del día, pero su mesa era la única en la que sólo se ocupaba una silla. Siempre estaba solo, a él no le importaba, solía llevar un libro y leía sin parar o llevaba un cuaderno y escribía sin parar. Escribía sobre la gente que veía, imaginándose hasta el más íntimo detalle de sus vidas. Trazaba unas personalidades tan minuciosas y detalladas que, si cualquiera de los retratados hubiera leído la suya pensaría que estaba escrito por él mismo.

Eso era lo que le hacía volver día tras día, le apasionaba escribir, quería parecerse a los escritores que desde sus fotos en blanco y negro, como ventanas al pasado en aquellas paredes color pergamino vigilaban sus escritos.

Pero todo eso cambió una tarde.

Quería irse, no sabía qué hora era pero imaginaba que ya llevaba demasiado tiempo allí, pero no lo hizo, quería seguir recordando. Aquella tarde, hacía ya nueve meses que siempre, a las seis en punto, tomaba su capuccino y tomaba notas, sobre la gente de su alrededor.

Tras seis meses había conseguido convertir las notas de su cuaderno en un pequeño manuscrito de casi doscientas páginas. En él aparecían casi todos los clientes habituales del café, pero especialmente dos de ellos en los que centraba la historia de sus notas: la chica triste de mirada apagada y que siempre iba de negro y el muchacho de sonrisa sensual y ojos vivos de traje y corbata.

En total, en su libro aparecían cerca de quince personajes que fácilmente se podían asociar con otros tantos clientes habituales. Clientes que conocía muy bien, al menos conocía muy bien la imagen que su mente se había formado de ellos. Cada uno tenía su propia historia y en su cabeza había conseguido entretejer una trama que luego se convirtió en el libro que ahora tenía en su regazo.

Aquella tarde era especial, ya que, dentro de una hora, se encontraría en el despacho de un conocido editor que, tras leer los primeros capítulos del libro, le había animado a continuar prometiéndole publicarlo si se mantenía la línea de calidad conseguida en ese brillante inicio.

Quedaba poco para que se decidiera su futuro, si el libro no le gustaba al editor dejaría de escribir, así lo había decidido unos días antes. No quería pasarse media vida intentando publicar un libro del que no estaba muy satisfecho.

Nunca había estado tan nervioso. Intentó relajarse, pero sin éxito. Así que decidió permanecer en el café más tiempo para tranquilizarse. No quería que el editor percibiera su inseguridad con el resultado final del libro. Por primera vez no debía esperar lo peor de todo y necesitaba mostrarse confiado ante el editor para que su sueño cobrara realidad ahora que estaba tan cerca.

El reloj marcó las siete menos cuarto, había permanecido demasiado tiempo en el café y le asaltó el miedo por llegar tarde a su cita. Acostumbrado a permanecer horas y horas allí escribiendo se había relajado demasiado y perdido la noción del tiempo.

Pagó apresuradamente y salió corriendo, hacía frío y llovía abundantemente, era mediados de octubre y ya parecía invierno. Apenas había cruzado la calle cuando cayó en la cuenta de que se había dejado el manuscrito sobre la mesa, giró sobre sus talones y volvió a cruzar la calle lo más rápido que pudo.

Apenas sintió el golpe, sólo vio una luz cegadora demasiado cerca y demasiado tarde.

De eso hace ya tres meses, ahora está en la mesa de siempre intentando recordar algo más pero le es imposible, aunque pudiera no recordaría nada más, porque no hay más, porque no hay después.

Todo terminó aquella tarde para él. Ahora su hogar es un café de paredes color pergamino, con sillas de las de principios de siglo y suelo de madera que cruje al pisarlo, sólo que ahora no cruje cuando él pisa. Para él siempre serán las seis de la tarde, siempre tendrá un capuccino entre las manos del que saldrán unas pequeñas columnitas de humo. Para él los días serán iguales, nunca entenderá porqué su mesa siempre está libre.

Nunca sabrá que existe un libro con su nombre, que tras el accidente ese manuscrito se convirtió en su obra póstuma, de gran éxito y que la mesa del fondo jamás volvió a ser utilizada, y quedó como homenaje para que él la ocupe si algún día se decide a volver. Nadie puede verle allí sentado, pero todos le recuerdan cuando miran su mesa, la que él ocupaba a las seis de la tarde.

Nunca sabrá que pasados los años, la chica triste de mirada apagada y el muchacho de sonrisa sensual y ojos vivos son aquel matrimonio que todas las tardes, a las seis en punto, deja una rosa roja en la mesa del fondo.

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