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La noche del zepelín (capítulo I, fragmento) Primera estación CIGOTO No había cantado el gallo cuando la gobernanta bajó a las bodegas llevando oculto entre los pliegues del delantal un infiernillo y una candela, moviéndose en las tinieblas de la casa a su antojo, como sólo ella sabe hacerlo.Su hijo aún permanecía en el suelo, desvanecido sobre un charco de sangre, desnudo de cintura abajo. Encendió la candela y el infiernillo y los dejó sobre la mesa. Se arremangó las faldas para no manchárselas, pero no pudo evitar que sus botines de charol se empaparan con el rojo intenso y espeso. Cogió una llave del poblado haz colgado a su cintura, la sujetó por un extremo envolviéndola en un trapo para no quemarse los dedos mientras la exponía a la llama azulada del infiernillo, donde se puso al rojo vivo. Antes de cauterizar la herida abierta entre las piernas de su hijo, le llenó la boca de trapos para ahogar los chillidos. Se colocó a horcajadas sobre él sujetándole los brazos con sus propias rodillas puntiagudas, y cuando aplicó la llave ardiente, que al contacto con la sangre emitió una especie de chasquido seco, el olor denso de la carne quemada le invadió las fosas nasales hasta embotarle el sentido. El cuerpo del muchacho se resistió convulsionándose con violencia a pesar de su debilidad extrema. Y mientras Draya mantenía apretada la llave contra la carne abierta, brillando con la incandescencia de un ascua, de sus labios delgados brotó una maldición en voz muy baja: "Me arrepiento del nombre que llevas, lo maldigo una y mil veces, pues su significado desató el infortunio en esta casa." |
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