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En la habitación "Silver Kane", se hospeda Antonio Paniagua
 

 

 

Antonio Paniagua (Madrid, 1966) es periodista y escritor. Ha publicado cuentos en revistas y antologías de autores noveles. Algunos de sus relatos aparecen en los volúmenes Que mala suerte tengo con los hombres y Cuentos para leer en el Metro (Ed. Catriel). En 1999 resultó finalista del premio de literatura erótica "La Sonrisa Vertical" con el libro Allegro nada moderato, obra del colectivo Cori Ambó. Es autor de la novela Amputados, publicada por Mileto.

 

 

De género tonto

Hasta donde me alcanza la memoria, mis antepasados siempre se han distinguido por ser apáticos, indolentes y tener una prodigiosa tendencia a agachar siempre la cabeza. Ignoro si una cosa implica ineluctablemente la otra, pero no me agradaría nada heredar esos rasgos. Pese a ser un huevo fecundado al que se le supone carecer de hábitos adquiridos por el medio social y la costumbre, me temo que yo también acabaré doblando la cerviz, que seré uno más del rebaño. 

Por lo que cuenta mi madre, que tiene a bien hablarme y relatarme historias porque, dice, propician mi futuro desarrollo intelectual, mi bisabuelo era un perfecto vago que en su vida no hizo otra cosa que vegetar y comer. Su única curiosidad acreditada era la de subirse a alguna loma a contemplar el paisaje. Al parecer, se podía pasar horas y horas quieto mirando lo mismo, sin que se le pudiera arrancar ningún comentario. Jamás se le ocurrió escribir sus pensamientos en un diario ni ejercer una especie de magisterio entre sus hijos para que también ellos desentrañaran las maravillas de la naturaleza de que él gozaba en soledad. No, nunca lo hizo, y cuando se recogía a sus aposentos, se echaba en un lecho mullido de paja y, antes de que se pusiera el sol, ya se había dormido. Como nadie le recriminó nunca esa pereza y desinterés por cualquier asunto, tenía el convencimiento de ser alguien absolutamente normal, a despecho de que ninguno de sus coetáneos logró jamás conocer medio, por modesto que fuera, con el cual pudiera ganarse la vida.

Al hilo de lo que mi madre me cuenta, no me extraña que mi abuelo estuviera lastrado por la misma molicie que caracterizó a su padre. El caso de mi abuelo es si cabe aún más grave, pues, viviendo los tiempos convulsos de la Guerra Civil, no demostró la más mínima compasión hacia las víctimas. No es que fuese un individuo cruel con los heridos, la madres, los niños, los prisioneros. No. Simplemente es que le importaba un bledo quien cayese, como si la guerra no fuera con él. Por lo visto, en una matanza que hubo en el pueblo vecino donde vivía, al ver el campo sembrado de cadáveres desmembrados y moribundos gimiendo, lo único que hizo fue guarecerse bajo un árbol para que no le empapara la tormenta. Por fin, cuando escampó, se dedicó a comprobar si los muertos y heridos llevaban agua o comida en sus morrales.

Como os podéis imaginar, mi padre no fue distinto que sus ascendientes. La misma indiferencia hacia todo, la misma apatía, la misma estulticia pintada en la cara. Lo afirmo sin rubor, porque no merecen piedad: mis antepasados llevaban el signo de la bobería marcado a fuego. Cuando fueron sacrificados apenas emitieron una protesta. En su último día se limitaron a comer mansamente la basura que les daban sus carceleros y, hasta pareciera que se mostraban agradecidos con sus verdugos.

De mi padre lo que único que siento por él es vergüenza. Solamente mostró un adarme de voluntad cuando montó a mi madre. La montó de espaldas, arañándole el cuerpo y emitiendo sonidos inarticulados, todo ello al ritmo de movimientos espasmódicos y febriles, pero sin la menor ternura. Cuando se desahogó, dejó a mi madre dolorida al lado de unas matas, tumbada en el suelo, y se marchó, con el mismo gesto idiota de toda mi familia.

Sé que me espera el mismo destino, que yo también seré un borrego como mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre. "Nada se puede hacer. Por mucho que te hable y te prevenga contra el peligro, harás como ellos", dice mi madre. "Lo llevas en la sangre". Y yo la creo, porque según voy creciendo en su vientre me va gustando cada vez más este estado de somnolencia y quietud, arropado por la placenta y en un perpetuo baño de líquidos viscosos que me proporcionan infinito bienestar. Conforme evoluciona la preñez de mi madre, observo en mí los mismos rasgos de mis antepasados: la indolencia, la apatía, la quijada prominente, una cerviz flexible, capaz de curvarse fácilmente para mejor triscar la hierba, unas pezuñas todavía un poco endebles y una piel con los elementos necesarios para trasquilar una lana excelente. Son indicios que me indican bien a las claras que yo también formaré parte del rebaño.

 

Al principio duele un poco

Que un hombre que se supone es un profesional y que le iba a sacar con higiene y sin dolor una muela no llevase una bata blanca en seguida le dio muy mala espina. Ciertamente, le habían engañado. Si por lo menos le hubiera dicho: "no va a notar nada, al principio puede que le duela un poco, pero en un santiamén se sentirá como en la gloria y agradecerá haber pasado por este doloroso trance", casi hubiera sentido simpatía por él. Pero qué va. Le trató como a un borrego, sin exagerar nada. Una vez que traspasó el umbral de la sala de torturas -para qué utilizar eufemismos, estaba aterrorizado-lo primero que hizo ese hombre indigno fue lanzar un denuesto. Todas las personas, alguna vez, tienen un mal día. Pero tampoco es cuestión de pagarlo con el primero que se cruza en el camino. Pues a este animal, porque era una verdadera mole, su torso parecía esculpido en piedra, no se le ocurrió otra cosa que despotricar contra diestro y siniestro, que si ya estaba harto de quitar dientes, que si el trabajo se le acumulaba, que qué había hecho para merecer un castigo así. Si no hubiera estado tan asustado, el pobre hombre le hubiera contestado que no se quejara, que otros pasaban más penalidades, pero cualquiera se atrevía a rebatir a esa fiera. Comprobó con dolor que allí la anestesia no existía. O la consideraban un lujo innecesario o ese bruto pensaba dormirlo con no se sabe qué. Las dos cosas a la vez. Creyó desmayarse. El muy criminal le sujetó la mandíbula con sus manazas y le introdujo sin conmiseración un instrumento metálico. Sin el menor cuidado, sin ninguna delicadeza, movió a derecha a izquierda las tenazas, hasta que, como el que arranca un clavo, extrajo de su boca la dichosa pieza dental. Sintió morir. Después vino el desvanecimiento y se le nubló la vista. Contra toda lógica, experimentó un sentimiento de gratitud hacia el verdugo. Al fin y al cabo, ya había pasado todo. El energúmeno dejó la muela, con una hebra sanguinolenta en su raíz, dentro de un recipiente metálico. Alguien después vendría a limpiar el material para enviarlo a Berlín. Allí se fundiría con cientos de muelas para formar lingotes de oro con la cruz gamada impresa en la base.

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