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En la habitación "Sé de un lugar ", se hospeda Pedro M. Martínez Corada

Pedro M. Martínez Corada, escritor y fotógrafo, nació una madrugada de otoño en Chamberí (Madrid), en 1951. De sus tiempos de freelance guarda varios premios de fotografía, artículos publicados en revistas destacadas del ramo y su participación en dos libros gráficos: Photomaton (Madrid, 1977) y Laberintos (Madrid, 1986). En 2009 fue seleccionado para exponer en el Certamen El agua de Madrid, de Photoespaña y la Fundación Canal. 

Cofundador del colectivo Margen Cero y de El Taller Literario de El Comercial, ha participado con varios de sus relatos en los libros Cuentos de El Comercial (Margen Cero, Madrid-2002) y Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas (Ed. Kokoro, Madrid-2005). En 2008 publicó Nunca llueve sobre el Sáhara (Ed. Mandala y LápizCero), su primer libro de relatos en solitario.  

Es director/editor de la Revista virtual de cultura Almiar (www.margencero.com).

 Un día de estos se jubilará y a pesar de ser del foro procurará vivir en Asturias, al borde del mar, todo el tiempo que pueda.

 

Página web: http://www.martinezcorada.es

 

 

 

Todos eran iguales, menos uno

 

Para Óscar Portela
y el mundo que nos queda.

 

 

 

Nos gustaban los pueblos abandonados. Bien por razones opuestas o por parejos sentimientos, todos ansiábamos que llegara el sábado para desaparecer en alguna ladería silenciosa. Recorrer aquellas casas solitarias formaba parte de nuestra idiosincrasia, supongo que eran la representación del deseo de vivir de otra manera, aunque no supiéramos de cuál.

—No sólo es el asesinato del paisaje —dijiste en una ocasión, mirando un inútil lavadero ausente de comadres—, es el símbolo del fin de esta sociedad.

  —El último símbolo que ha habido y habrá, fue la muerte de Jesucristo.

  —No seas cínico —respondiste. Y qué podía decirte yo, tener un carné del Partido en el bolsillo nunca ha garantizado la pureza ideológica de nadie, tampoco la mía.

Cuando llovía, dormíamos en la casa más limpia que encontráramos, después de recorrer calles que jamás tuvieron adoquines. En las casas veíamos somieres espinosos, sillas destripadas, botellas llorando cera, calendarios de vírgenes tristes y llaves de hierro picado por la viruela del tiempo. A veces, en lo que fue una escuela o un ayuntamiento, hallábamos arcones fajados por herrajes roñosos; como si fueran tumbas egipcias habían sufrido la visita de los saqueadores y dentro encontrábamos, las menos de ellas, papeles terrosos con cuentas escritas en donde las pesetas tenían céntimos y el debe y el haber estaban escritos en colores rojo y azul —como los de la guerra civil, dirías tú—, o algún ejemplar abarquillado de El Magisterio Español que nadie quiso, salvo Roberto, ese tío enteco que lo guardaba todo y con el que era imposible que tú fueras feliz. Roberto había perdido la asertividad en algún lugar de los Carabancheles, pero tú afirmabas que le querías por lo sensible que era.        

            Las noches parecían más largas entre los restos de aquella memoria hecha añicos. Félix, un grandullón que no sabía hacer algo sin escuchar música, posaba divertido para la cámara de Roberto. No he visto ninguna de aquellas fotos que zumbaban entre nuestras cabezas mientras escuchábamos Songs Of Love And Hate o imaginábamos a Satán entreteniéndose en inspirar la canción Sympathy For The Devil.

            —Deberían legalizar el hachís. Sería el gesto más progresivo para con la humanidad… después del descubrimiento del vino, por supuesto —dijo Félix, rodeado por un humo azulado.

            —Nunca debieron prohibirlo —aduje, mientras esperábamos turno para fumar.

            Y el viento y la lluvia sacudían los postigos de las casas. Fantasmas de madera carcomida, hijos de las ilusiones perdidas. Más deshabitados estábamos nosotros, te susurraba en la oscuridad, mientras Roberto dormía al otro lado de tu saco. Ruido de pisadas de ratas en el sobrado, roces de cucarachas en los viejos vasares, crujidos de gusanos devorando la madera podrida de las vigas; sonidos que subyacen en el aparente silencio de la noche, una entelequia hermana del tiempo. Las sombras se tornaban sustantivas y yo huía del amanecer cuando observaba cómo dormías.

 

 

—¿Por qué te gustan los cementerios?

Levanté la vista del bloc y te contemplé. Pensé que debería dibujarte a ti pero el carboncillo y el difumino se rendirían ante tus cabellos bermejos. Tenías el pie izquierdo apoyado sobre una piedra y el pantalón vaquero te ceñía las caderas y delimitaba la planicie de tu vientre. La brisa despertó a la mañana y se oyeron disparos de escopetas en algún coto lejano, en el campo de exterminio dominical decorado con uniformes paramilitares.

  —La muerte es lo único que interesa de verdad al ser humano.

  Te acercaste, dejé el cuaderno sobre la lápida en la que estaba sentado y nos miramos. Cada amanecer de domingo me acompañabas, observabas mis dibujos, respirábamos juntos la humedad del trigo verde y de las silvas. Cogí tus manos y, pomposo, declamé:

 

«Rosa, oh contradicción pura, placer,

de no ser sueño de nadie debajo de tantos

párpados». [1]

           

—No me gusta ese poema… —susurraste, bajando la cabeza. Sentí cómo tus manos apretaron las mías.

  —A mí tampoco… —y reímos.

 El sonido de nuestras risas se esparció entre los nichos, sobrevoló la campiña y acalló, por un momento, el tac tac de los disparos. Las perdices y los conejos huían de la pólvora y los perros. Un buitre planeaba en el cielo atento al posible botín, indiferente a nuestro abrazo. Nos gustaba la aventura.

 

 

Llueve sobre Segovia. Será que viene el invierno. Las ventanas del bar están empañadas, también los cristales del coche en el que acabamos de llegar a la plaza del pueblo. Los domingos por la tarde nos resistíamos a volver. Una última parada antes de las pendientes de Somosierra nos despertaba la ilusión de que nunca regresaríamos. Félix pide orujo y charla con el tabernero quien también se irá dentro de poco, quizá con los hijos, camino de Madrid. Pero todavía hay tiempo para echar algunas partidas de futbolín. Cinco duros, siete bolas. Para que no haya empates. Las figurillas que representan a los futbolistas son de madera, con ellas se puede jugar en serio. Las cabezas de las figuras son todas iguales: el pelo está pintado de un negro brillante; la boca es una insensible línea recta de color rojo; los ojos, círculos negros sin el color del iris. Hay una figura que, sin embargo, es distinta: uno de los porteros. Debió romperse y fue sustituida por una pieza de otro modelo, lleva una gorra y el pelo es de color beige. Me gustaba jugar en su campo.

 Félix bebe de su segundo orujo, nunca le gustó el futbolín. Roberto y tú, contra mí. Son las ocho y echamos la última partida. Vamos empatados a tres, tras el gol que acabo de meterte después de un fino pase desde la media. Con el delantero pisé la bola, la acaricié, la desplacé de izquierda a derecha y cuando pensabas que tiraría por allí lo hice al otro hueco, con suavidad. Te quedaste quieta, observaste cómo la bola entraba, sin saber reaccionar, y reíste. Los pocos parroquianos que había en la taberna se admiraron con el compás de tus pechos subiendo y bajando dentro del jersey. Roberto te pide el cambio: quiere ganar a toda costa y él se cree mejor portero que tú.

 Última bola. La saco desde el centro y peleo contigo por la posesión. La paso entre dos de tus jugadores y la retengo con mi extremo izquierdo. Félix se acerca y nos trae unas cervezas.

  —Dale, tío. Es todo tuyo… —dice Félix con sorna.

 Me excita el tono de su voz. Me exalta cómo tú me miras. Me enardece ver a Roberto mirando con fijeza la bola, tenso sobre las dos barras de la defensa. Del extremo paso la bola al delantero centro y la aprisiono con la parte de detrás de la figura. Esta vez el tiro es de muñequilla. Giro un poco la madera y la bola se mueve unos milímetros hacia la derecha, después hago que la pieza oscile de atrás hacia delante para dar el mazazo. La bola entra por el centro del hueco de la portería, sin remisión, y el estruendo retumba en todo el bar.

  —Félix, tío, mira a ver si le he hecho un agujero a la mesa…

 

           

Tiempo después compré el futbolín, antes de que el viejo tabernero echara el cierre y subiera también las cuestas de Somosierra. Lo tengo en el cuarto de estar, con las barras bien engrasadas, y he pintado en las caras de las figuras una sonrisa. Salvo en la de mi portero. No resistiría verlo sonreír.

Nadie juega ahora conmigo. Silencios de comida en la nevera, de televisores encendidos, de coches que creen saber a donde van. Alguna vez, echo una bola y la paso desde la defensa a la media, desde la media hasta la delantera y la acaricio como cuando jugaba contigo, de izquierda a derecha, y viceversa, para después introducirla en alguna de las esquinas, con suavidad, tal y como ha pasado todo este tiempo durante el cual las casas abandonadas, más olvidadas que nunca, continuarán derrumbándose mientras los disparos de los domingos estremecen a los cementerios.

Relato perteneciente al libro Nunca llueve sobre el Sáhara (Ed. Mandala & LápizCero – Madrid 2008) ISBN 978-84-935712-8-3

 1] Poema de Rainer María Rilke, escrito para el epitafio de su propia tumba.

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