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En
la habitación "Sé de un lugar ", se hospeda
Pedro
M. Martínez Corada |

Pedro M. Martínez Corada
es, en sus ratos libres,
aspirante a escritor y aprendiz de fotógrafo. De sus tiempos de
freelance guarda varios premios de fotografía, artículos publicados
en revistas destacadas del ramo y su participación en dos libros gráficos:
Photomaton (Madrid, 1977) y Laberintos (Madrid,
1986). Cofundador del colectivo Margen Cero y de El Taller Literario de El
Comercial, ha participado con varios de sus relatos en los libros
Cuentos de El Comercial (Margen Cero, Madrid-2002) y Vampiros,
ángeles, viajeros y suicidas (Ed. Kokoro, Madrid-2005), así como
publicado en varias revistas literarias en Internet. Es director/editor de
la Revista virtual de cultura Almiar.
Cualquiera
de estos días tendrá la suerte de que lo jubilen y -a pesar de ser del
foro- se irá a vivir a Asturias todo el tiempo que pueda.
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Ahora que te vas…
Ya ni me acuerdo de
cuando te vi por primera vez, quizá sería en verano, y mi madre me
conduciría de la mano camino del dispensario o a llevar la comida a mi
padre que trabajaría en alguna obra cercana, colgado sobre uno de aquellos
andamios de madera y maroma de cáñamo adonde me hubiera gustado subir para
ver la calle como las alondras pues así llamaban a mi padre, lo cual me
hacía mucha gracia cuando le miraba cómo desmontaba del andamio, se
esfumaba por una ventana de la fachada y surgía después entre escombros y
tablones como por arte de birlibirloque, le daba un beso a mi madre y a mí
un par de volteretas luego de que me pusiera de espaldas a él, con la
cabeza gacha y las manos apretujadas entre las piernas para que las jalara
y me hiciera girar, después él volvía a besarla mientras yo las piaba
porque quería pedalear otra vez entre las nubes del cielo azul, brillante
como los ojos de mi padre mientras apretaba a mi madre con el beso de
despedida antes de sentarse con algún compañero, cerca de las tinas de cal
muerta y los rimeros de china de río, para comer la ensaladilla rusa, que
entonces era rusa de verdad, y beber Valdepeñas de una bota de donde salía
un chorrillo que hacía desfilar entre los dientes, con precisión de
comesable, mientras mi madre tiraba de mí, vamos niño que hace calor,
y yo me resistía porque las volteretas habían sido escasas y encima me
birlaba el espectáculo de la precisión del tintorro bañando las bocas
agitadas de una fruición parecida a la que sentí con aquel primer beso que
di, una tarde en que las farolas con bombillas amarillentas acababan de
encenderse y te iluminaban como si de velas se trataran, entre el traquear
de un motocarro trepando por la lejana cuesta de adoquines y los denuestos
de la vieja pipera que peleaba con un toldo de color verde que servía de
techo para aquel cuartel de torrados, pastillas de leche de burra y
pitillos Rumbo cuyo papel amarillo de arroz sabía dulce, casi tanto como
los labios de la hija de la pipera, una chavalita de pelo largo y buen
tetamen que se marchó un otoño despidiéndose a la francesa aunque
fuera del foro, como mi padre que así mismo se marchó una mañana con las
alondras y los vencejos, después de que se soltara un tablón del último
andamio que pisó en una obra cercana al cementerio en donde lo enterraron
una mañana pluvial, sin que yo vertiera ni una sola lágrima asustado como
estaba de lo que escuchaba, pobre niño tan chiquitín y ya huérfano,
palabra ésta última que me zurrió en la mente hasta que crecí, pues la
orfandad, al igual que la niñez, dura unos pocos años y luego se convierte
en soledad moliente, de la que todos tenemos, y no requiere de más
definición como sí ocurre con el sexo, siempre desdeñoso conmigo, al que
llaman pasión en la juventud, rutina en la madurez, cariño en la senectud
y pecado mortal en los colegios de pago, que son la quinta columna de la
sociedad de bien y que están llenos de tipos que, sin embargo, mucho te
visitaron en los tiempos en que yo lo hice también, no por vicio como
ellos si no por el hartazgo de que la necesidad enhiesta tuviera que
resolverse en una lluvia acomplejada sobre sábanas de tergal blanco,
seguramente compradas por mi madre en algún baratillo en donde las
mercancías se envolvían con papel de estraza gris como si fueran
boquerones de los que vendían en los puestos del mercado, coso de sangre y
escamas plateadas navegando hacia desagües que yo me entretenía en sortear
con el triciclo rojo que sólo podía utilizar allí, hijo pasan muchos
coches por la calle, y el triciclo culebreaba entre cabezas de sardina,
hojas pardas de lechuga y tomates despanzurrados, carne y sangre de la
tierra aplastada por un peso parecido al que ahora asesina los espectros
desaparecidos entre las llagas de cal de tus viejos ladrillos rotos,
huérfanos de madres de mayo que enarbolen pañuelos frente a la piqueta
asesina que demuele pintadas y graffitis, gore urbanístico,
pastel de sangre decorado con guindas de recuerdos que se desvanecen al
tiempo que destruyen mi esquina, linde con lo que fue y el último refugio
que me quedaba en este mundo.
Pedro M. Martínez
Corada
29.09.2004
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