Signos de descomposición (capítulo I)
Debo
hacerlo, es un desafío a mi insignificante y endeble voluntad, a mi
falta de amor propio; lo necesito, a pesar de lo desagradable, de los
inconvenientes, de los fuertes y prolongados dolores que me produce. Una
vez a la semana tomo el laxante; una purga natural elaborada en base a
pulpa de frutas tropicales: mango, guayaba, y otras, y a extractos de
ciruela y naranja. No tiene mal sabor, ni ese regusto a medicina o a
concentrado de fresa característico de los purgantes artificiales,
teñidos de rosa púrpura; éste es dulzón, con una consistencia
semejante a la mermelada, con una textura áspera como el membrillo,
como la lengua de un gato. Por desgracia, me provoca agudos dolores de
vientre, que me paralizan por su intensidad y me hacen transpirar
copiosamente, con un sudor helado y pegajoso.
Ovillado
en el sofá, con la mirada perdida en un punto nulo intermedio, detenida
en el aire rancio, procuro relajar mis músculos agarrotados. Recuerdo
haber dejado encima de la mesa esas cartas absurdas que he hallado. Las
romperé en pedazos de inmediato; no deben estar a la vista. Luego las
tiraré a la basura, donde él no pueda encontrarlas.
Espero
a que los espasmos remitan y en cada tregua acudo dificultosamente al
cuarto de baño. Apenas tengo el tiempo justo, entre una contracción y
otra, los segundos necesarios para desprender la hebilla del cinturón,
bajarme los pantalones y la ropa interior, sentarme sobre la loza blanca
del inodoro, que siento más frío que nunca, y experimentar ese
estallido de alivio, un renacer.
Los
músculos recuperan gradualmente la laxitud primera, original; un
cansancio secular se apodera de cada uno de mis miembros. Respiro. A
veces creo desfallecer, me parece sentir el alma huyendo, dejándome
allí sentado, abatido, desnudo sobre el podio de cerámica, como un
testimonio del sufrimiento esculpido en carne.
Los
sudores gélidos y los temblores que me hacen castañetear los dientes
se van apaciguando poco a poco.
El
dolor acaba, se esfuma con el torrente de agua que huye tuberías abajo,
hacia el alcantarillado de la calle; y en su lugar nace la fe, la
redentora esperanza de deshacerme de ella.
Cabe
la posibilidad de que haya sido arrastrada por las heces, tal vez
entera, su largo cuerpo con la cabeza incluida, desapareciendo de mi
vientre y de mi existencia, renunciando a desangrarme para siempre.
Aun
así, todos los días, me purgue o no, observo las heces detenidamente,
con sumo cuidado y minuciosidad. Durante un largo rato, de rodillas en
el frío suelo de baldosas, e inclinado ante el inodoro, busco
evidencias: un leve movimiento de una especie de hebra blanca, según
deduzco por la descripción que hace el diccionario, donde hallé,
además, una prolija ilustración a colores, con una detallada
ampliación del escólex. Aumentado de escala varias veces, me recuerda
a los monstruos de los bestiarios medievales.
Hasta
ahora no he encontrado indicios, nada inusual o sospechoso; únicamente
restos inidentificables de ciertos alimentos, producidos por los ocultos
mecanismos de mi propia química, y algunas texturas o coloraciones a
veces sospechosas cuyo origen ignoro.
En
una ocasión él me descubrió, me vio hacerlo, cuando por descuido
olvidé echar llave al cuarto de baño y entró sin llamar. No sé si lo
hizo adrede. Sólo llegó a asomarse, pidió disculpas sin hacer ningún
tipo de comentario, volvió a cerrar la puerta, y desapareció. Pude
oír sus pasos ahogados por la moqueta, alejarse por el pasillo. Lo
imaginé deslizándose en un torrente de aguas residuales, flotando
entre una multitud de burbujas de gas fermentadas, enfebrecidas, a punto
de hacer estallar su densa superficie iridiscente, liberando sus
pestilencias en la atmósfera cargada de las cloacas.
Mirar
la mierda es como escrutar o viviseccionar el pasado, como pretender
identificar las causas que justifiquen las equivocaciones del presente,
me dijo esa noche, cuando menos lo esperaba. El pasado no ayuda a
reconstruir, ni a rehacer el presente ni a mejorarlo; tampoco evita
errores, está ahí, y no se puede modificar, prosiguió. Mejor no
hurgar en él ni pretender restañar heridas, ni ambicionar construir
sobre la mierda.
No
levanté los ojos, ni siquiera los despegué de las páginas que estaba
mirando: extensos jardines florecidos, amplios y cuidados parterres,
rosas estallando.
¿Me
has oído?, preguntó.
Estoy
leyendo, le dije. ¿Acaso yo te interrumpo en tus cosas?
Guardó
silencio un momento.
Yo
sólo le hablo lo necesario.
¿Qué
revista es ésa?, me preguntó enseguida. No le respondí, porque en ese
instante preferí quedarme sordo y mudo.
Después
no volvió a hablarme, acaso en espera de una respuesta mía, de una
explicación que no di, que no me interesó ni creí necesario hacer.
¿Por qué habría de explicarle que miro revistas de plantas, flores y
jardines, con la esperanza de poder rehacer un día el nuestro? ¿Acaso
a él le interesa?
De
ahí su presunta indiferencia, su aparente falta de curiosidad; el
desinterés que demuestra por mi vida, por cada una de mis inquietudes,
por mis gestos, acciones y palabras, por mis desvelos y proyectos.
Desconoce aquello que verdaderamente indago cuando me inclino sobre el
inodoro y miro en su interior; y si acaso lo sabe, finge ignorarlo o lo
considera una extravagancia mía, una rareza o capricho más de los
muchos que me reprocha a diario.
El
intruso prefiere desconocer también mi historia. Nunca, jamás me ha
preguntado por mi pasado. A veces creo que piensa que no soy sino puro
presente y circunstancia sin memoria, únicamente se preocupa por él
mismo y me ignora a menudo, o sólo me tiene en consideración cuando
necesita algo de mí.
Tampoco
me cuenta el suyo, cree que no me concierne su vida anterior y que mis
preguntas son rutinarias, formuladas sin motivo o verdadero interés,
por el mero hecho de hablar, o con la intención de echar abajo el muro
de silencio que se erige entre ambos, o por simple y malsana curiosidad.