NorbertoLuisRomeroNorbertoLuisRomeroNorbertoLuisRomeroNorbertoLuisRomero

 

autorauthor       

librosbooks 

antologías

anthologys

desdefrom

entrevistas

interviews

revistas

premiosawards

guiónscript

online

próximamente

upcoming

nuevonew

opiniones

reviews

en realización

writing

proyectos

projets

otrosothers

enlaceslinks

mi hostería

contacto

portadaindex

tablón

 

 

Signos de descomposición (capítulo I)

 

 

Debo hacerlo, es un desafío a mi insignificante y endeble voluntad, a mi falta de amor propio; lo necesito, a pesar de lo desagradable, de los inconvenientes, de los fuertes y prolongados dolores que me produce. Una vez a la semana tomo el laxante; una purga natural elaborada en base a pulpa de frutas tropicales: mango, guayaba, y otras, y a extractos de ciruela y naranja. No tiene mal sabor, ni ese regusto a medicina o a concentrado de fresa característico de los purgantes artificiales, teñidos de rosa púrpura; éste es dulzón, con una consistencia semejante a la mermelada, con una textura áspera como el membrillo, como la lengua de un gato. Por desgracia, me provoca agudos dolores de vientre, que me paralizan por su intensidad y me hacen transpirar copiosamente, con un sudor helado y pegajoso.

Ovillado en el sofá, con la mirada perdida en un punto nulo intermedio, detenida en el aire rancio, procuro relajar mis músculos agarrotados. Recuerdo haber dejado encima de la mesa esas cartas absurdas que he hallado. Las romperé en pedazos de inmediato; no deben estar a la vista. Luego las tiraré a la basura, donde él no pueda encontrarlas.

Espero a que los espasmos remitan y en cada tregua acudo dificultosamente al cuarto de baño. Apenas tengo el tiempo justo, entre una contracción y otra, los segundos necesarios para desprender la hebilla del cinturón, bajarme los pantalones y la ropa interior, sentarme sobre la loza blanca del inodoro, que siento más frío que nunca, y experimentar ese estallido de alivio, un renacer.

Los músculos recuperan gradualmente la laxitud primera, original; un cansancio secular se apodera de cada uno de mis miembros. Respiro. A veces creo desfallecer, me parece sentir el alma huyendo, dejándome allí sentado, abatido, desnudo sobre el podio de cerámica, como un testimonio del sufrimiento esculpido en carne.

Los sudores gélidos y los temblores que me hacen castañetear los dientes se van apaciguando poco a poco.

El dolor acaba, se esfuma con el torrente de agua que huye tuberías abajo, hacia el alcantarillado de la calle; y en su lugar nace la fe, la redentora esperanza de deshacerme de ella.

Cabe la posibilidad de que haya sido arrastrada por las heces, tal vez entera, su largo cuerpo con la cabeza incluida, desapareciendo de mi vientre y de mi existencia, renunciando a desangrarme para siempre.

Aun así, todos los días, me purgue o no, observo las heces detenidamente, con sumo cuidado y minuciosidad. Durante un largo rato, de rodillas en el frío suelo de baldosas, e inclinado ante el inodoro, busco evidencias: un leve movimiento de una especie de hebra blanca, según deduzco por la descripción que hace el diccionario, donde hallé, además, una prolija ilustración a colores, con una detallada ampliación del escólex. Aumentado de escala varias veces, me recuerda a los monstruos de los bestiarios medievales.

Hasta ahora no he encontrado indicios, nada inusual o sospechoso; únicamente restos inidentificables de ciertos alimentos, producidos por los ocultos mecanismos de mi propia química, y algunas texturas o coloraciones a veces sospechosas cuyo origen ignoro.

En una ocasión él me descubrió, me vio hacerlo, cuando por descuido olvidé echar llave al cuarto de baño y entró sin llamar. No sé si lo hizo adrede. Sólo llegó a asomarse, pidió disculpas sin hacer ningún tipo de comentario, volvió a cerrar la puerta, y desapareció. Pude oír sus pasos ahogados por la moqueta, alejarse por el pasillo. Lo imaginé deslizándose en un torrente de aguas residuales, flotando entre una multitud de burbujas de gas fermentadas, enfebrecidas, a punto de hacer estallar su densa superficie iridiscente, liberando sus pestilencias en la atmósfera cargada de las cloacas.

Mirar la mierda es como escrutar o viviseccionar el pasado, como pretender identificar las causas que justifiquen las equivocaciones del presente, me dijo esa noche, cuando menos lo esperaba. El pasado no ayuda a reconstruir, ni a rehacer el presente ni a mejorarlo; tampoco evita errores, está ahí, y no se puede modificar, prosiguió. Mejor no hurgar en él ni pretender restañar heridas, ni ambicionar construir sobre la mierda.

No levanté los ojos, ni siquiera los despegué de las páginas que estaba mirando: extensos jardines florecidos, amplios y cuidados parterres, rosas estallando.

¿Me has oído?, preguntó.

Estoy leyendo, le dije. ¿Acaso yo te interrumpo en tus cosas?

Guardó silencio un momento.

Yo sólo le hablo lo necesario.

¿Qué revista es ésa?, me preguntó enseguida. No le respondí, porque en ese instante preferí quedarme sordo y mudo.

Después no volvió a hablarme, acaso en espera de una respuesta mía, de una explicación que no di, que no me interesó ni creí necesario hacer. ¿Por qué habría de explicarle que miro revistas de plantas, flores y jardines, con la esperanza de poder rehacer un día el nuestro? ¿Acaso a él le interesa?

De ahí su presunta indiferencia, su aparente falta de curiosidad; el desinterés que demuestra por mi vida, por cada una de mis inquietudes, por mis gestos, acciones y palabras, por mis desvelos y proyectos. Desconoce aquello que verdaderamente indago cuando me inclino sobre el inodoro y miro en su interior; y si acaso lo sabe, finge ignorarlo o lo considera una extravagancia mía, una rareza o capricho más de los muchos que me reprocha a diario.

El intruso prefiere desconocer también mi historia. Nunca, jamás me ha preguntado por mi pasado. A veces creo que piensa que no soy sino puro presente y circunstancia sin memoria, únicamente se preocupa por él mismo y me ignora a menudo, o sólo me tiene en consideración cuando necesita algo de mí.

Tampoco me cuenta el suyo, cree que no me concierne su vida anterior y que mis preguntas son rutinarias, formuladas sin motivo o verdadero interés, por el mero hecho de hablar, o con la intención de echar abajo el muro de silencio que se erige entre ambos, o por simple y malsana curiosidad.

Volver

Gracias por tu visita Thanks for your visit Gracias por tu visita Thanks for your visit Gracias por tu visita Thanks for your visit Gracias por tu visita