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Tierra de bárbaros

Capítulo I

 

Fueron los estibadores los primeros en descubrirlo, cuando se dirigían a iniciar las faenas al puerto y en el trayecto pasaron bajo los arcos y soportales. Se quedaron suspensos un instante antes de reaccionar, darse la vuelta y salir huyendo. Después llegaron en tropel las lavanderas negras, con los fardos de ropa en equilibrio en la cabeza, y al bajar la cuesta hacia el río tropezaron con él, y con el susto los atados de ropa fueron a parar al suelo. Enseguida comenzaron a venir los vendedores ambulantes y les sucedió otro tanto, se espantaron y a punto estuvieron de perder el género en la estampida, hasta que al observar la desgana del animal, su aparente desidia, retrocedieron sosegados hacia los zaguanes de las casas más próximas, donde se resguardaron murmurando su arrobo y pavor. Rápidamente se corrió la voz, que llegó incluso a las elegantes alcobas de los barrios de Palermo, Barracas y Retiro, donde se desperezaban bajo tules mosquiteros las ociosas patricias y sus importantísimos maridos; y el rumor rebasó las calles y avanzó por los barrizales del sur hasta introducirse en los hacinados cuartuchos de los arrabales y la Inundación, donde mulatos, sirvientas y orilleros se quitaban de los ojos las telarañas del sueño; reflejadas en un trozo de espejo picoteado, las putas arrastraban con peine fino piojos y liendres, resignadas a un día más de mala vida, mientras sus rufianes, apestando a vino Carlón y a caña, roncaban como fieras macerando la curda en el catre.

Según iban llegando a ambas plazas, merodeando muertos de miedo y curiosidad, refugiados en el reverso de las columnas del cabildo, en el atrio de la catedral y a las puertas de la iglesia anexa, los porteños conjeturaban:

¡Es un puma!

¡No, es un jaguar!

¡Es el tigre que mató Facundo Quiroga, que ha resucitado!, arguyó el más atrevido y fantasioso. Y algunos hasta se largaron a reír.

No faltaron los envalentonados que saltaron las rejas del Obelisco y allí, cautivos en un corral, se sintieron a salvo, algunos se subieron a lo alto del monumento, desde donde lo observaban todo con visión privilegiada. También en balcones y azoteas fueron aglutinándose las familias patricias, con la curiosidad teñida del decoro oportuno, columbrando a lo lejos, con suficiencia e incrédula alegría, la belleza del tigre. Tan absortas estaban que ignoraron la llegada de las primeras moscas verdes -las que venían del lado del matadero y la Inundación- que aprovecharon el descuido para meterse impunemente en las casas.

Para ser un gato montés es muy grande, dijo una voz con marcado acento asturiano y el deje dulce característico de la cuenca minera, pero con un timbre grave y poderoso que a los apostados en los balcones les hizo pensar que se trataba de un hombre, si bien quienes estaban a su lado vieron a una mujer alta, de unos cuarenta años, delgada y de figura recia, cuyo gesto severo transmitía resuelta autoridad. A pesar del aspecto varonil, era hermosa de figura y de rostro, belleza que acentuaba un inusual atuendo de amazona, el cabello castaño recogido en un moño apretado a la nuca, y unos ojos enormes y vivaces cuya profunda dulzura obstruía la aparente rudeza. Casi nadie conocía a esta mujer tan soberbia, no se la había visto nunca en los barrios elegantes, ni en los salones de moda, ni paseando por el Retiro o la Alameda. Su presencia allí era todo un misterio, igual que la del tigre, pues era la primera vez que Aurora de Fresneda se dejaba ver en público: cada vez que venía a Buenos Aires se alojaba de incógnito y eran sus abogados quienes mediaban en sus negocios ya fuera con la capital o con España. No se dejaba deslumbrar fácilmente por la grandeza de la ciudad, pero esto de toparse con un tigre excedía su indiferencia.

Tiene razón la señora, ese animal no puede ser un gato montés, dijo un caballero. Se descubrió el sombrero con afectada etiqueta y la miró con descaro. Pero la enigmática mujer se marchó rápidamente de allí sin darse por aludida y ya no se la volvió a ver.

Es un puma amarillo, rayado…, le replicó una negra vendedora de escobas, cepillos y plumeros, poco convencida de su propia afirmación y temblando de miedo, a medias escondida tras las plumas de ñandú, desde donde espiaba al felino con ojos enormes y renegridos. Y el hombre, con desprecio, le espetó:

¿Y vos qué sabés?, negra; si en tu vida viste un puma.

A lo mejor los vio en África, dijo un desaprensivo, y le festejaron la lindeza.

Ante la indiferencia del felino, que se echó adormecido a la sombra  en el baldío vecino a la catedral, donde se dedicó a espantarse las moscas y los recién llegados tábanos con el rabo, a lamerse los genitales e ignorar a los humanos, no tardaron en llenarse ambas plazas -Victoria y 25 de Mayo- de intrépidos o imprudentes fisgones, apresuradamente vestidos, descalzos algunos, sin peinar otros, legañosos, atontados y por sobre todo incrédulos. Los chiquillos, con ojos despavoridos, agarrados como garrapatas a las polleras de sus madres, se llevaban los mocos con la manga y lloraban atemorizados. Los perros de todas las casas llegaron olisqueando el aire y enseñando los dientes, pero los muy cobardes se cuidaron muy bien de acercarse al felino. Desde la azotea de La Recova, donde con improvisadas escalas subieron los más curiosos y resueltos, en vano comenzaron a arrojarle piedras con el fin de espantarlo; las pedradas no le alcanzaban y el tigre ni siquiera se dignó a concederles un vistazo de lástima.

¡Es un jaguar!, volvieron a oírse voces.

¡No es un jaguar, es un puma!, refutaron otros con mayor brío, queriendo imponerse. Y algunos argumentaron con sobrada razón:

Los trae el río, llegan con la creciente desde el Iguazú, montados en camalotes….

¡Es verdad; la creciente trae yaguaretés, pumas, anacondas y yacarés!, dijo un negro aguatero, exaltado y con tales aspavientos que de sus vasijas brincaron chorros.

Sí, es un yaguareté, opinó otro negro, dándoselas de sabedor. Y un coro de voces aborregadas lo secundó, convencido, repitiendo:

Yaguareté, sí, yaguareté...

Hasta que alguien aprovechó una breve tregua de silencio y recelo que se abrió cuando el animal volvió a ponerse en pie, para afirmar con aplomo pero marcado fastidio:

¡Qué carajo, señores! No es puma ni jaguar ni yaguareté, es un tigre de Bengala con dos güevos.

Una exclamación de asombro circuló por toda la plaza.

Es un tigre de Bengala auténtico. Volvió a decir, y hubo en la voz la firmeza y autoridad suficientes para que nadie osara dudarlo. Y para demostrar la lógica de su razonamiento agregó:

Ni camalotes ni leches; se habrá escapado del circo.

Y se hizo un silencio gélido, tras el cual se oyó un murmullo general de aprobación a la vez que de alivio.

El señor sí que sabe… dijo alguien tímidamente. Y nadie más se atrevió a hacer comentarios.

La afirmación de que era un tigre de Bengala la hizo el capitán de corbeta Bonifacio Soler, diestro en asuntos de mares y continentes, que en más de una ocasión había dado la vuelta al mundo. Su presencia destacaba por su porte ilustre, su elegancia y la autoridad que irradiaba su figura de más de un metro ochenta. Bajo la gorra con insignia, sobresalían anchas y pobladas patillas que se unían a la barba para envolverle el rostro curtido por el sol y el salitre.

Los he visto en La India. Son los animales más bellos que haya creado Dios, y también los más feroces, murmuró antes de irse de allí. Calándose a fondo la gorra de capitán, remarcó el gesto de autoridad y abandonó la plaza por la calle de la Paz, con paso firme, altivo, ignorando a la chusma que lo observaba con respeto y solapado desdén. Antes de subir al sulky se detuvo en la esquina del Fuerte, compró un ejemplar de “El Grito Argentino” y media docena de pasteles de batata.

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