Fueron los estibadores los primeros en
descubrirlo, cuando se dirigían a iniciar las faenas al puerto y en el
trayecto pasaron bajo los arcos y soportales. Se quedaron suspensos un
instante antes de reaccionar, darse la vuelta y salir huyendo. Después
llegaron en tropel las lavanderas negras, con los fardos de ropa en equilibrio
en la cabeza, y al bajar la cuesta hacia el río tropezaron con él, y con el
susto los atados de ropa fueron a parar al suelo. Enseguida comenzaron a venir
los vendedores ambulantes y les sucedió otro tanto, se espantaron y a punto
estuvieron de perder el género en la estampida, hasta que al observar la
desgana del animal, su aparente desidia, retrocedieron sosegados hacia los
zaguanes de las casas más próximas, donde se resguardaron murmurando su arrobo
y pavor. Rápidamente se corrió la voz, que llegó incluso a las elegantes
alcobas de los barrios de Palermo, Barracas y Retiro, donde se desperezaban
bajo tules mosquiteros las ociosas patricias y sus importantísimos maridos; y
el rumor rebasó las calles y avanzó por los barrizales del sur hasta
introducirse en los hacinados cuartuchos de los arrabales y la Inundación,
donde mulatos, sirvientas y orilleros se quitaban de los ojos las telarañas
del sueño; reflejadas en un trozo de espejo picoteado, las putas arrastraban
con peine fino piojos y liendres, resignadas a un día más de mala vida,
mientras sus rufianes, apestando a vino Carlón y a caña, roncaban como
fieras macerando la curda en el catre.
Según iban llegando a ambas plazas, merodeando
muertos de miedo y curiosidad, refugiados en el reverso de las columnas del
cabildo, en el atrio de la catedral y a las puertas de la iglesia anexa, los
porteños conjeturaban:
¡Es un puma!
¡No, es un jaguar!
¡Es el tigre que mató Facundo Quiroga, que ha
resucitado!, arguyó el más atrevido y fantasioso. Y algunos hasta se largaron
a reír.
No faltaron los envalentonados que saltaron las
rejas del Obelisco y allí, cautivos en un corral, se sintieron a salvo,
algunos se subieron a lo alto del monumento, desde donde lo observaban todo
con visión privilegiada. También en balcones y azoteas fueron aglutinándose
las familias patricias, con la curiosidad teñida del decoro oportuno,
columbrando a lo lejos, con suficiencia e incrédula alegría, la belleza del
tigre. Tan absortas estaban que ignoraron la llegada de las primeras moscas
verdes -las que venían del lado del matadero y la Inundación- que aprovecharon
el descuido para meterse impunemente en las casas.
Para ser un gato montés es muy grande, dijo una
voz con marcado acento asturiano y el deje dulce característico de la cuenca
minera, pero con un timbre grave y poderoso que a los apostados en los
balcones les hizo pensar que se trataba de un hombre, si bien quienes estaban
a su lado vieron a una mujer alta, de unos cuarenta años, delgada y de figura
recia, cuyo gesto severo transmitía resuelta autoridad. A pesar del aspecto
varonil, era hermosa de figura y de rostro, belleza que acentuaba un inusual
atuendo de amazona, el cabello castaño recogido en un moño apretado a la nuca,
y unos ojos enormes y vivaces cuya profunda dulzura obstruía la aparente
rudeza. Casi nadie conocía a esta mujer tan soberbia, no se la había visto
nunca en los barrios elegantes, ni en los salones de moda, ni paseando por el
Retiro o la Alameda. Su presencia allí era todo un misterio, igual que la del
tigre, pues era la primera vez que Aurora de Fresneda se dejaba ver en
público: cada vez que venía a Buenos Aires se alojaba de incógnito y eran sus
abogados quienes mediaban en sus negocios ya fuera con la capital o con
España. No se dejaba deslumbrar fácilmente por la grandeza de la ciudad, pero
esto de toparse con un tigre excedía su indiferencia.
Tiene razón la señora, ese animal no puede ser
un gato montés, dijo un caballero. Se descubrió el sombrero con afectada
etiqueta y la miró con descaro. Pero la enigmática mujer se marchó rápidamente
de allí sin darse por aludida y ya no se la volvió a ver.
Es un puma amarillo, rayado…, le replicó una
negra vendedora de escobas, cepillos y plumeros, poco convencida de su propia
afirmación y temblando de miedo, a medias escondida tras las plumas de ñandú,
desde donde espiaba al felino con ojos enormes y renegridos. Y el hombre, con
desprecio, le espetó:
¿Y vos qué sabés?, negra; si en tu vida viste
un puma.
A lo mejor los vio en África, dijo un
desaprensivo, y le festejaron la lindeza.
Ante la indiferencia del felino, que se echó
adormecido a la sombra en el baldío vecino a la catedral, donde se dedicó a
espantarse las moscas y los recién llegados tábanos con el rabo, a lamerse los
genitales e ignorar a los humanos, no tardaron en llenarse ambas plazas
-Victoria y 25 de Mayo- de intrépidos o imprudentes fisgones, apresuradamente
vestidos, descalzos algunos, sin peinar otros, legañosos, atontados y por
sobre todo incrédulos. Los chiquillos, con ojos despavoridos, agarrados como
garrapatas a las polleras de sus madres, se llevaban los mocos con la manga y
lloraban atemorizados. Los perros de todas las casas llegaron olisqueando el
aire y enseñando los dientes, pero los muy cobardes se cuidaron muy bien de
acercarse al felino. Desde la azotea de La Recova, donde con improvisadas
escalas subieron los más curiosos y resueltos, en vano comenzaron a arrojarle
piedras con el fin de espantarlo; las pedradas no le alcanzaban y el tigre ni
siquiera se dignó a concederles un vistazo de lástima.
¡Es un jaguar!, volvieron a oírse voces.
¡No es un jaguar, es un puma!, refutaron otros
con mayor brío, queriendo imponerse. Y algunos argumentaron con sobrada razón:
Los trae el río, llegan con la creciente desde
el Iguazú, montados en camalotes….
¡Es verdad; la creciente trae yaguaretés,
pumas, anacondas y yacarés!, dijo un negro aguatero, exaltado y con tales
aspavientos que de sus vasijas brincaron chorros.
Sí, es un yaguareté, opinó otro negro,
dándoselas de sabedor. Y un coro de voces aborregadas lo secundó, convencido,
repitiendo:
Yaguareté, sí, yaguareté...
Hasta que alguien aprovechó una breve tregua de
silencio y recelo que se abrió cuando el animal volvió a ponerse en pie, para
afirmar con aplomo pero marcado fastidio:
¡Qué carajo, señores! No es puma ni jaguar ni
yaguareté, es un tigre de Bengala con dos güevos.
Una exclamación de asombro circuló por toda la
plaza.
Es un tigre de Bengala auténtico. Volvió a
decir, y hubo en la voz la firmeza y autoridad suficientes para que nadie
osara dudarlo. Y para demostrar la lógica de su razonamiento agregó:
Ni camalotes ni leches; se habrá escapado del
circo.
Y se hizo un silencio gélido, tras el cual se
oyó un murmullo general de aprobación a la vez que de alivio.
El señor sí que sabe… dijo alguien tímidamente.
Y nadie más se atrevió a hacer comentarios.
La afirmación de que era un tigre de Bengala la
hizo el capitán de corbeta Bonifacio Soler, diestro en asuntos de mares y
continentes, que en más de una ocasión había dado la vuelta al mundo. Su
presencia destacaba por su porte ilustre, su elegancia y la autoridad que
irradiaba su figura de más de un metro ochenta. Bajo la gorra con insignia,
sobresalían anchas y pobladas patillas que se unían a la barba para envolverle
el rostro curtido por el sol y el salitre.
Los he visto en La India. Son los animales más
bellos que haya creado Dios, y también los más feroces, murmuró antes de irse
de allí. Calándose a fondo la gorra de capitán, remarcó el gesto de autoridad
y abandonó la plaza por la calle de la Paz, con paso firme, altivo, ignorando
a la chusma que lo observaba con respeto y solapado desdén. Antes de subir al
sulky se detuvo en la esquina del Fuerte, compró un ejemplar de “El
Grito Argentino” y media docena de pasteles de batata.