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| En la
habitación "Vinalia", se hospeda Vicente Muñoz Álvarez |
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Vicente
Muñoz Álvarez (León, 1966).
Ha publicado
poemarios: Canciones de la gran deriva (Ateneo Obrero de Gijón,
1999), 38 Poemash (Vinalia Bolsillo, 2000) Privado (Baile del
sol, 2005), Estación del frío (Eds. del 4 de agosto, 2006),
Parnaso en llamas (Baile del sol, 2006); relatos y novela: Monstruos
y Prodigios (Premio Letras Jóvenes Castilla- León, 1995), El pueblo
oscuro (Las palabras del pararrayos, 1996), Perro de la lluvia (Iralka,
1997), Los que vienen detrás (DVD ediciones, 2002), El merodeador
(Baile del sol, 2007), Marginales ( en prensa ); y ensayo: El
tiempo de los asesinos (Iralka, 1998). Ha coordinado antologías como
Golpes, ficciones de la crueldad social, con Eloy Fernández Porta (DVD
ediciones, 2004), Tripulantes. Nuevas aventuras de Vinalia Trippers,
con David González
(Eclipsados, 2007) o Hank Over: Resaca, con Patxi
Irurzun (Random House Mondadori, en prensa). Su obra poética y
narrativa figura en antologías como Poemas para cruzar el desierto
(Línea de Fuego, 2004), Voces del Extremo (Fundación Juan Ramón
Jiménez) o El Quijote: instrucciones de uso (e.d.a. libros, 2005).
Edita el fanzine Vinalia Trippers.
El
merodeador
Llueve intensamente sobre la casa
del narrador. Una noche de viento enloquecido y tremendo invierno. La lluvia
proyecta violentas ráfagas contra la ventana de la habitación donde escribe,
única iluminada en toda la casa. Un viejo caserón de pueblo aislado, que se
utilizó como molino tiempo atrás. Rugen las vigas del techo y penetra el
viento helado a través de las rendijas de las puertas. Una noche de
diciembre, oscura y sin luna, desapacible e invernal. El narrador está
sentado en su escritorio, bajo el flexo, concentrado en una historia que la
negritud de la noche le ha inspirado. Está solo en la casa y en ese instante
la luz de su despacho es la única encendida: sólo la luz de su despacho,
como un faro magnético en la noche helada. Escribe el narrador sobre alguien
o algo que se acerca bajo la lluvia a una casa donde sólo brilla una
macilenta luz, la luz de un flexo bajo el que otro narrador, a su vez,
cuenta una historia. La persistente lluvia, que dentro de la casa es sólo un
susurro, empapa mientras la silueta aún difusa del merodeador. Lleva calado
un pequeño sombrero y una gabardina gris cubre su cuerpo. Apenas se le
distingue en la lluvia, sólo sus pies descalzos sobre el barro, sus manos
blancas sobresaliendo de la gabardina y una goteante melena tapizándole la
espalda y el rostro. Lentamente, a medida avanza el narrador en su relato,
se acerca sigiloso a la casa el merodeador, cobra forma en la noche, se
perfilan bajo la lluvia sus rasgos. Quiere, el narrador, situarle en la
casa, frente a la ventana del narrador de su historia, contemplándole
mientras escribe: el narrador de su historia escribe bajo el flexo de su
despacho y el merodeador le observa bajo la lluvia empapado. En ese punto
del relato se encuentra, absorto en la escena, cuando, al elevar la vista de
su escritorio, distingue una sombra a través del cristal empañado. El vaho y
las gotas de agua le impiden ver nítidamente, al otro lado, el rostro del
merodeador. Sólo su silueta clavada en la lluvia, observándole por la
ventana, y la melena chorreante que, bajo el sombrero, oculta su rostro.
No puede ser, piensa, no puede ser real, no puede estar sucediendo...
sí en mi historia, en mi relato, en la noche y en la casa de mi relato, pero
no aquí y ahora, no a mí, el merodeador de mi relato en el fondo no existe...
Eso se repite el narrador, presa del pánico, mientras contempla, tras el
cristal empañado, la silueta inmóvil del merodeador que le observa. Yo le
he creado, piensa entornando los ojos, concentrándose, es fruto de mi
imaginación, no puede salir de su historia, en el fondo no existe, no
existe, no existe... Se repite eso el narrador, aún bajo el flexo,
cuando un súbito estrépito de cristales rompe el silencio en la casa.
Estremecido, abre los ojos. El merodeador no está en la ventana....
Resuenan sus pasos dentro,
atravesando lentamente el pasillo...
Los
pasos
Se oyen
pasos. Arriba se oyen pasos. En el sótano, en la galería, en el desván, en
toda la casa se oyen pasos: un ligero arrastrar de pies, deslizarse a lo
largo de los tabiques, en las paredes, bajo la tarima y en los techos. Pasos
de animales, de obsesiones, de presencias o espíritus, pero pasos:
inequívocos e irregulares pasos en el interior de la casa... No lo parecen,
a veces, como un susurro o un silbido en los tabiques, algo acuoso, una
corriente de aire o el agua en la tubería, quizás, porque las casas viejas,
los caserones de pueblo están llenos de extraños ruidos, inmemoriales vigas
que crujen, que crepitan, ratas en el sótano y en el desván, polillas,
arañas e infatigables termitas. Es el pulso, la respiración, la vida
interior de la casa, compuesta por cientos de diminutas criaturas, pequeños
e inquietos corazones latiendo al compás del reloj de pared que monótono,
obsesivo, desgrana en el salón las horas. Pero a veces, en ocasiones,
ciertas noches se despierta uno súbitamente y escucha sobrecogido esos
nítidos pasos que resuenan por encima del tic tac del reloj de pared y que
en nada se parecen a la habitual pulsión de la casa, pasos en las paredes,
de abajo a arriba y de arriba a abajo, sobre el techo, irregulares pasos que
parecen avanzar hacia ti, acercarse pausadamente a ti, y que se detienen
sobre tu cabeza, justo encima, o en el tabique que roza la cama, a escasos
centímetros de tu cuerpo, para escuchar tu respiración jadeante y nerviosa,
entrecortada, y el acelerado fluir de la sangre en tus venas... O se
acompañan, los pasos, de otros ruidos, cuerpos que se deslizan, que se
arrastran, que reptan, y arañazos estridentes en la pared... Ratones
corriendo, tal vez, o polillas que incuban en la oscuridad sus huevos.
Cualquier cosa puede ser en estos caserones de pueblo, con cámaras de aire
vacías, aislantes, entre los tabiques interiores y los gruesos muros de
adobe que delimitan el exterior. Cualquier cosa: gatas maullando como bebés
sobre el tejado o murciélagos batiendo sus alas membranosas en la cuadra.
Pero uno tiende siempre a pensar lo peor cuando en las noches de insomnio
escucha esos pasos, ratones, fantasmas o insectos acechando tras los
tabiques, esperando no se sabe qué ni por qué... Tiende uno siempre a pensar
lo peor porque el insomnio es así, dado a fantasmagorías, creador
infatigable de monstruos... Ratas corriendo, quizás, o cualquier otra cosa,
niños encerrados, emparedados, llorando... manos amputadas que se abren
camino... Delirios nocturnos, por supuesto, divagaciones de una mente
agotada, necesitada de descanso y sueño, porque a decir verdad no pueden ser
más que ratones, los causantes, ratas o ratones y sus crías, probablemente
cientos, que se deslizan y arrastran por esas cámaras de aire a las que no
existe acceso. Habría que derribar alguna pared interior para cerciorarnos
de lo que allí pueda haber. Claro que entonces habría que estar preparados,
habría que tener calculado y previsto de qué manera proceder, cómo
enfrentarse a ellas, las ratas, si es que en el mejor de los casos son
realmente ratas lo que se agita tras la pared. Podríamos utilizar entonces
gatos, cepos, venenos durante unos días, limpiar las cámaras en cuestión y
volver a levantar luego el tabique. Podríamos entonces serenarnos, podríamos
dormir al fin tranquilos... Sólo que a veces, por las noches, no parecen de
ratones ni ratas, esos pasos, sino de algo más grande y pesado, pasos
humanos, diría yo, si no fuera porque sé que nadie puede entrar ahí, ni por
el tejado ni por el sótano ni por el desván se puede acceder a esas cámaras,
de unos veinte centímetros de anchura, cuya única finalidad es proteger el
interior del frío. Cámaras vacías, inhabitables, selladas... Sólo pueden ser
por tanto cucarachas, termitas o a lo sumo ratas, las causantes, y sin
embargo a veces esos pasos parecen humanos, pasos de alguien aprisionado,
comprimido, que se arrastra lentamente y se dirige vacilante hacia nuestra
habitación, recorre ominosamente la casa hacia nuestro dormitorio y allí se
detiene, junto a nuestra cama, al otro lado, y nos escucha y araña
suavemente la pared... Parecen pasos humanos y sin embargo nadie puede
entrar ahí, nadie puede sobrevivir ahí encerrado por más que yo me empeñe en
razonar lo contrario... Es la inteligencia, la coordinación, la dirección de
esos pasos lo que en realidad me inquieta: por qué hacia nuestra habitación,
por qué siempre de noche, por qué invariablemente ese destino... Las ratas,
creo, no se comportan así. Aunque a decir verdad tampoco los hombres se
comportan así... Nadie se comporta así pero yo sigo escuchando esos pasos...
Por la noche, cuando mi mujer duerme, se dirigen lentamente hacia nuestro
dormitorio y allí se detienen, alguien o algo nos controla, acecha, nos
vigila desde el otro lado y no sé para qué ni por qué... Claro que eso a
ella no se lo puedo decir, esta vez no, porque entonces sobrevendría de
nuevo el terror, nos dominaría seguramente el pánico y tendríamos que
cambiar de vivienda otra vez... Una vez más tendríamos que mudarnos de casa
y seguramente en la próxima nos pasara lo mismo, empezaríamos cualquier día
a escuchar ruidos, pasos tal vez, y poco a poco todo se poblaría de sombras,
se tornaría extraño, hostil... Quizás los ruidos, los fantasmas, los pasos
estén dentro de mí, en lo profundo, al interior, y sea yo el que al fin y al
cabo se los haga escuchar a ella, pasos y ruidos que no existen y que sólo
nosotros dos escuchamos... Quizá esta vez sean sólo ratas, las causantes, y
pura y simple sugestión, sobreexcitación, cansancio, fatiga... Sólo eso. Así
que no debemos precipitarnos, tampoco, mejor considerar esos ruidos simples
ruidos y esos pasos simples pasos, ratones corriendo tal vez, en lugar de
sacar de quicio las cosas y forzar de nuevo otro traslado... No puede uno
cambiar de vivienda sólo por eso y pese a todo nosotros lo hemos hecho ya,
hemos cambiado de casa por escuchar susurros, pasos, ruidos, y por sentirnos
dentro asfixiados, descorazonados, vampirizados... Pero no siempre se puede
seguir así, no siempre se puede cambiar de vivienda, mudarse sólo por
escuchar ruidos, a algún sitio alguna vez hay que llegar... Mejor quedarse,
no decir nada, no hablar del tema y esperar. Porque no obstante es pese a
todo muy probable que sean solamente ratas, las culpables, y abriendo algún
tabique, el de nuestra habitación tal vez, podamos terminar con ellas,
eliminarlas, zanjar el asunto, y podamos asimismo serenarnos, relajarnos y
dormir al fin tranquilos...
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